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¡BIENVENIDOS, MARATONIANOS LECTORES!

III MARATÓN DE LECTURA

Ya os podéis empezar a preparar porque dentro de poco, allá por octubre o noviembre de este 2011, comenzaremos el concurso de nuevo.

Visitad de vez en cuando la nueva página

http://maratondelectura20112012.wordpress.com

para saber la fecha exacta.

¡Contamos con vosotros!

alaula

II MARATÓN DE LECTURA. OCTAVA Y ÚLTIMA SEMANA (27-1-2011)

II MARATÓN DE LECTURA

OCTAVA Y ÚLTIMA SEMANA

(27-1-2011)

Hoy despedimos nuestro juego

del Maratón de Lectura.

Recordad que la entrega de

premios a los primeros

clasificados será el día 14 de abril,

en el IES. Medina Azahara.

La próxima semana, también el

jueves a las cinco de la tarde,

comienza


Contamos con que todos volveréis a jugar

con nosotros en este entretenido concurso.

LA RAMA SECA,

de ANA MARÍA MATUTE

PREGUNTAS:

1. Selecciona, de entre las siguientes, las frutas que sí producía el huerto de Doña Clementina:

el_buscalibros

2. Ordena las diferentes formas con que Doña Clementina va llamando a la niña en el transcurso del relato y señala si cada vez la nombra con más afecto o con menos:

a. Pequeña

b. Tú

c. Hija

d. Niña

e. Con más afecto

f. Con menos afecto

RESPUESTA:

-Ordena las letras a,b,c,d

-Elige la letra e o la f

3. ¿De estas, cuál fue la enfermedad que hizo que la niña tuviera que guardar cama y acabara muriendo?

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Bacteria Virus Facts

4. Las fiebres de Malta son una enfermedad provocada por:

el_buscalibros

5. ¿Cómo cree la madre que su hija pilló la enfermedad?

a. Por contacto con secreciones o excrementos de animales

b. Por beber leche de animales

c. Por haber tenido contacto con otra persona enferma

d. Por falta de vitamina E


el_buscalibros

6. ¿En cuál de estas tiendas compró Doña Clementina la muñeca?

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7. Adjudica a cada uno de los cuatro personajes tres adjetivos que le correspondan por su forma de ser o porque se le atribuya en el relato (todos los adjetivos están en masculino):

Callado, delgado, gamberro, bruto, compasivo, duro de corazón, pálido, feo, tímido, borracho, solitario, moreno.

1. Doña Clementina:

2. La niña:

3. Pascualín:

4. Don Leoncio:

el_buscalibros

8. Empareja cada una de estas palabras del texto con la imagen que corresponde a su significado:

1. Candil

2. Siega

3. Ascuas

4. Pago

5. Cuitada

6. Percal

7. Acequia

el_buscalibros

9. Escribe los títulos de estas obras de Ana María Matute, pero arréglalos porque todos tienen errores.

RESPUESTA:

a:

b:

c:

d:

e:

f:

g:

h:

i:

j:

el_buscalibros


10. Imagina que Doña Clementina se atreva a contestar a su marido cuando éste le dice que la niña va a morir. Escribe en siete líneas como mínimo, el diálogo que mantendría con él para intentar convencerle de que la cure.

el_buscalibros

Escucha un cuento de Ana María Matute de su propia voz:

¡¡¡GRACIAS A TODOS POR PARTICIPAR EN ESTE JUEGO.

OS ESPERAMOS EN EL BUSCALIBROS!!!

http://fantastic.wikispaces.com/file/view/gracias.gif


este era el RELATO Nº8

(y último)

La rama seca

(Ana María Matute)

Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:
-Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.
Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con “Pipa”.
Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.
-¿Qué haces, niña?
La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.
-Juego con “Pipa” -decía.
Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.
-¿Con quién hablas, tú?
-Con “Pipa”.
Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por “Pipa”. Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:
-Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos…
-Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado…
Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.
-Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar -se decía.

Un día, por fin, se enteró de quién era “Pipa”.
-La muñeca -explicó la niña.
-Enséñamela…
La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.
-No la veo, hija. Échamela…
La niña vaciló.
-Pero luego, ¿me la devolverá?
-Claro está…
La niña le echó a “Pipa” y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. “Pipa” era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.
-¿Me la echa, doña Clementina…?
Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a “Pipa” hacia la ventana. “Pipa” pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.
Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con “Pipa”.
-”Pipa”, no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, “Pipa”, cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, “Pipa”… Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña…
La niña hablaba con “Pipa” del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a “Pipa” en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
-Abre la boca, “Pipa”, que pareces tonta…
Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.

Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer Mediavilla:
-¿Y la pequeña?
-Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.
-No sabía nada…
Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.
-Sí -continuó explicando la Mediavilla-. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir… ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.
Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:
-¡Pascualín! ¡Pascualín!
Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.
-Hola, pequeña -dijo doña Clementina-. ¿Qué tal estás?
La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.
-Sabe usted -dijo la niña-, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a “Pipa”, que me aburro sin “Pipa”…
Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
-Pascualín -dijo doña Clementina.
El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.
-Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.
-¡Anda! ¡La muñeca dice! ¡Aviaos estamos!
Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.
Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de “Pipa”:
-Que me traiga a “Pipa”, dígaselo usted, que la traiga…
El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.
-Yo te voy a traer una muñeca, no llores.
Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:
-Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.
-Baja -respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.

A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado “El Ideal”. Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En “El Ideal” compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. “La pequeña va a alegrarse de veras”, pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
-¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar…!
Cortó sus exclamaciones.
-Venía a ver a la pequeña, le traigo un juguete…
Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.
-Ay, cuitada, y mira quién viene a verte…
La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.
-Mira lo que te traigo: te traigo otra “Pipa”, mucho más bonita.
Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.
Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
-No es “Pipa” -dijo-. No es “Pipa”.
La madre empezó a chillar:
-¡Habráse visto la tonta! ¡Habráse visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada…!
Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).
-No importa, mujer -dijo, con una pálida sonrisa-. No importa.
Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.
-¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habráse visto la tonta ésta…!
Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:
-Te traigo a tu “Pipa”.
La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.
-No es “Pipa”.
Día a día, doña Clementina confeccionó “Pipa” tras “Pipa”, sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
-Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas… ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos…
-¿Se va a morir?
-Pues claro, ¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa… ¡Va a ser mejor para todos!

En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por “Pipa” y su pequeña madre.

Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
-Verdaderamente- se dijo-. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!

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alaula

II MARATÓN DE LECTURA. SÉPTIMA SEMANA y OCTAVO Y ÚLTIMO relato (20-1-2011)

SÉPTIMA SEMANA

y

OCTAVO Y ÚLTIMO relato

(20-1-2011)

PREGUNTAS SOBRE EL SÉPTIMO RELATO

Miss Amnesia

http://comicperu.files.wordpress.com/2010/01/comic-gruppe4.jpg?w=950

1. ¿Qué tipo de estructura tiene este relato? Fíjate bien en las explicaciones y los ejemplos:

a-Estructura analítica o deductiva.
El núcleo significativo de mayor peso se encuentra al principio del texto. El resto de apartados analiza, discute, comenta, concreta, detalla, amplía, ejemplifica, razona, argumenta o matiza el contenido  de ese núcleo significativo de mayor peso.

Ejemplo en un poema de Blas de Otero:

A LA INMENSA MAYORÍA

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
adonde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Angeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un
hombre en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y tantos.

b-Estuctura sintética o inductiva.
El núcleo significativo de mayor peso se encuenta al final del  texto. Este final puede actuar como síntesis de las ideas que se interrelacionan en los apartados previos, como conclusión, como colofón de  una serie de argumentaciones, como generalización de casos concretos expuestos en el resto del texto, como punto de mayor intensidad expresiva o clímax, etc.

Un ejemplo con un poema de Lope de Vega:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

c-Estructura enmarcada, encuadrada o circular.
Un tercer tipo básico, aunque menos frecuente. El contenido más significativo del texto aparece al principio y al final del mismo. En el resto de apartados que pueda tener el texto entre ese principio y ese final, se desarrollan diferentes aspectos del mismo en línea con lo que hemos visto en los tipos estructurales anteriores.

Una variante frecuente es la de  una idea o tesis que aparece al principio, un desarrollo, discusión, demostración o ejemplificación de esa tesis y, por último, una conclusión que es la reafirmación de la idea expuesta inicialmente.

Un ejemplo de Federico García Lorca:

VOTO

¡Corazón
con siete puñales!
¡Ya es tarde!
Vete por el camino
de los ayes.
Vete
a ninguna parte.
Flor de Nunca
por el aire…
por el aire…
¡Ay corazón
con siete puñales!

2. Di a qué subcontinente corresponde el siguiente mapa y localiza en él el país del que es capital la ciudad en que se desarrolla el relato.

COMO RESPUESTA INDICA EL NOMBRE DEL PAÍS Y EL NÚMERO ASIGNADO EN EL MAPA A LA CAPITAL DE DICHO PAÍS:

3. Di los números y nombres de los dos países colindantes con el país en que se desarrolla el relato, y sus correspondientes capitales.

RESPUESTA:

a. NOMBRE DEL PAÍS-NÚMERO EN EL MAPA-CAPITAL

b. NOMBRE DEL PAÍS-NÚMERO EN EL MAPA-CAPITAL


4. Relaciona los siguientes términos del texto con sus correspondientes sinónimos:

SOLUCIÓN:

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

5. Adivina el término al que se refieren las siguientes definiciones. (Pista: todas son palabras relacionadas con la amnesia).

Ø      1. Dejar de tener en la memoria lo que se tenía o debía tener.

Ø      2. Traer algo a la memoria o a la imaginación.

Ø      3. Facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado.

Ø      4. Pasajero, temporal.

6. De los escritores siguientes, ¿cuál es la letra que corresponde al autor del relato?

7. Relaciona con los escritores anteriores las siguientes obras:

1. ENTRE VISILLOS

2. EL BUSCÓN

3. LA TREGUA

4. CUENTOS DEL DÍA Y DE LA NOCHE

5. EL SOLDADITO DE PLOMO

6. EL BURLADOR DE SEVILLA

7. MIAU

8. FUENTEOVEJUNA

9. LA CASA DE BERNARDA ALBA

10. LES ENFANTS TERRIBLES

RESPUESTA:

ESCRITOR A: OBRA NÚMERO

ESCRITOR B: OBRA NÚMERO

ESCRITOR C: OBRA NÚMERO

ESCRITOR D: OBRA NÚMERO

ESCRITOR E: OBRA NÚMERO

ESCRITOR F: OBRA NÚMERO

ESCRITOR G: OBRA NÚMERO

ESCRITOR H: OBRA NÚMERO

ESCRITOR I: OBRA NÚMERO

ESCRITOR J: OBRA NÚMERO

8. Félix Roldán le repite a la protagonista “mosquita muerta”, explica el significado de la expresión y escribe otras tres expresiones en las que se utilicen nombres de animales.

9. ENLAZA LOS NÚMEROS DE LAS SIGUIENTES LOCUCIONES O CITAS CON LAS LETRAS DE SUS CORRESPONDIENTES SIGNIFICADOS:

1. DEBES PERDER UNA MOSCA PARA PESCAR UNA TRUCHA.

2. TAMBIÉN A UN GRANDE HOMBRE LO PUEDE EXASPERAR UNA MISERABLE MOSCA.

3. “ARAMOS”, DIJO LA MOSCA AL BUEY

4. HASTA EL MOSQUITO TIENE SU CORAZONCITO.

5. TENER LA MOSCA DETRÁS DE LA OREJA

A. NO HAY QUE DESPRECIAR A NADIE, NI A QUIEN NOS PARECE MÁS INSIGNIFICANTE

B. AUNQUE NO COLABOREMOS, NOS GUSTA PRESUMIR DE QUE SÍ LO HACEMOS.

C. HAY QUE SACRIFICAR ALGO PARA CONSEGUIR AQUELLO QUE QUEREMOS

D. LAS COSAS MÁS INSIGNIFICANTES PUEDEN SER IMPORTANTES

E. ESTAR RECELOSO

10. Escribe un texto argumentativo (al menos diez líneas) en el que expongas las ventajas e inconvenientes de no recordar tu pasado.

Mario Benedetti


RELATO Nº8

(y último)

La rama seca

(Ana María Matute)

Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:
-Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.
Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con “Pipa”.
Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.
-¿Qué haces, niña?
La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.
-Juego con “Pipa” -decía.
Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.
-¿Con quién hablas, tú?
-Con “Pipa”.
Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por “Pipa”. Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:
-Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos…
-Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado…
Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.
-Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar -se decía.

Un día, por fin, se enteró de quién era “Pipa”.
-La muñeca -explicó la niña.
-Enséñamela…
La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.
-No la veo, hija. Échamela…
La niña vaciló.
-Pero luego, ¿me la devolverá?
-Claro está…
La niña le echó a “Pipa” y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. “Pipa” era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.
-¿Me la echa, doña Clementina…?
Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a “Pipa” hacia la ventana. “Pipa” pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.
Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con “Pipa”.
-”Pipa”, no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, “Pipa”, cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, “Pipa”… Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña…
La niña hablaba con “Pipa” del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a “Pipa” en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
-Abre la boca, “Pipa”, que pareces tonta…
Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.

Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer Mediavilla:
-¿Y la pequeña?
-Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.
-No sabía nada…
Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.
-Sí -continuó explicando la Mediavilla-. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir… ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.
Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:
-¡Pascualín! ¡Pascualín!
Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.
-Hola, pequeña -dijo doña Clementina-. ¿Qué tal estás?
La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.
-Sabe usted -dijo la niña-, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a “Pipa”, que me aburro sin “Pipa”…
Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
-Pascualín -dijo doña Clementina.
El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.
-Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.
-¡Anda! ¡La muñeca dice! ¡Aviaos estamos!
Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.
Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de “Pipa”:
-Que me traiga a “Pipa”, dígaselo usted, que la traiga…
El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.
-Yo te voy a traer una muñeca, no llores.
Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:
-Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.
-Baja -respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.

A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado “El Ideal”. Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En “El Ideal” compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. “La pequeña va a alegrarse de veras”, pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
-¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar…!
Cortó sus exclamaciones.
-Venía a ver a la pequeña, le traigo un juguete…
Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.
-Ay, cuitada, y mira quién viene a verte…
La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.
-Mira lo que te traigo: te traigo otra “Pipa”, mucho más bonita.
Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.
Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
-No es “Pipa” -dijo-. No es “Pipa”.
La madre empezó a chillar:
-¡Habráse visto la tonta! ¡Habráse visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada…!
Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).
-No importa, mujer -dijo, con una pálida sonrisa-. No importa.
Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.
-¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habráse visto la tonta ésta…!
Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:
-Te traigo a tu “Pipa”.
La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.
-No es “Pipa”.
Día a día, doña Clementina confeccionó “Pipa” tras “Pipa”, sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
-Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas… ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos…
-¿Se va a morir?
-Pues claro, ¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa… ¡Va a ser mejor para todos!

En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por “Pipa” y su pequeña madre.

Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
-Verdaderamente- se dijo-. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!

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alaula







II MARATÓN DE LECTURA. SEXTA SEMANA y SÉPTIMO relato (13-1-2011)


SEXTA SEMANA y SÉPTIMO relato

(13-1-2011)

BERNARDINO, de ANA MARÍA MATUTE

El Niño, el Perro y el Milagro - mayo chiens

1.- A través de una mirada de arrepentimiento, el narrador cuenta lo sucedido a Bernardino. ¿Quién cuenta la historia?

a) Un familiar de Bernardino.

b) Un criado de Bernardino.

c) Un muchacho del pueblo.

d) Mariano Alborada

2.- Bernardino era un muchacho:

a) Callado, tímido y apacible

b) Despierto y vivaracho

c) Desvergonzado y con malos sentimientos

d) Engreído y vanidoso.

3.- ¿Dónde vive Bernardino?

4.- ¿Por qué otros niños sentían aversión hacia él?

a) Era el más rico y se sentía superior

b) Era egoísta, caprichoso y mimado

c) Era cruel y vengativo

d) Era distinto, callado y receloso

5.- Bernardino tenía un perro llamado:


6. ¿Con qué golpean a Bernardino?


7. Teniendo en cuenta las características que se dicen de él en el relato, ¿cuál de los siguientes perros sería Chu?:


8. A cada uno de los siguientes personajes adjudícale tres de los adjetivos de la lista:

PERSONAJES:

1. Narrador y sus hermanos

2. Bernardino

3. Chicos del pueblo

ADJETIVOS:

a. Furioso

b. Miedoso ante un castigo o riña

c. Rabioso

d. Cobarde

e. Valiente

f. Vengativo

g. Cariñoso

h. Protector

i. Avergonzado

RESPUESTA:

1:

2:

3:

9. Empareja los dibujos de estos famosos perros con sus nombres:

A-SCOOBY DOO

B-ODIE

C- BRIAN GRIFFIN

D-LASSIE

E-DARTACÁN

F-PLUTO

G-REX

H-CANUTO

I-SNOOPY

J-MILOU

K-RANTAMPLÁN

L-IDÉFIX

RESPUESTA: AÑADE TRAS EL NÚMERO, LA LETRA DEL NOMBRE DEL PERRO:

1:

2:

3:

4:

5:

6:

7:

8:

9:

10:

11:

12:

10. En siete líneas como mínimo, continúa el relato contando que te acercas a Bernardino y, hablando con él, se sincera contigo contándote lo que sintió cuando vio a su perro prisionero y lo amenazaron con pegarle y por qué prefirió dejarse pegar él.

Comienza con la última oración del relato:

Echado boca abajo, medio oculto entre los mimbres, Bernardino lloraba desesperadamente, abrazado a su perro…


SÉPTIMO RELATO:

Mario Benedetti:

Miss Amnesia

(de “La muerte y otras sorpresas“, 1968)

La muchacha abrió los ojos y se sintió apabullada por su propio desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su edad, ni sus señas. Vio que su falda era marrón y que la blusa era crema. No tenía cartera. Su reloj pulsera marcaba las cuatro y cuarto. Sintió que su lengua estaba pastosa y que las sienes le palpitaban. Miró sus manos y vio que las uñas tenían un esmalte transparente. Estaba sentada en el banco de una plaza con árboles, una plaza que en el centro tenía una fuente vieja, con angelitos, y algo así como tres platos paralelos. Le pareció horrible. Desde su banco veía comercios, grandes letreros. Pudo leer: Nogaró, Cine Club, Porley Muebles, Marcha, Partido Nacional. Junto a su pie izquierdo vio un trozo de espejo, en forma de triángulo. Lo recogió. Fue consciente de una enfermiza curiosidad cuando se enfrentó a aquel rostro que era el suyo. Fue como si lo viera por primera vez. No le trajo ningún recuerdo. Trató de calcular su edad. Tendré dieciséis o diecisiete años, pensó. Curiosamente, recordaba los nombres de las cosas (sabía que esto era un banco, eso una columna, aquello una fuente, aquello otro un letrero), pero no podía situarse a sí misma en un lugar y en un tiempo. Volvió a pensar, esta vez en voz alta: “Sí, debo tener dieciséis o diecisiete”, sólo para confirmar que era una frase en español. Se preguntó si además hablaría otro idioma. Nada. No recordaba nada. Sin embargo, experimentaba una sensación de alivio, de serenidad, casi de inocencia. Estaba asombrada, claro, pero el asombro no le producía desagrado. Tenía la confusa impresión de que esto era mejor que cualquier otra cosa, como si a sus espaldas quedara algo abyecto, algo horrible. Sobre su cabeza el verde de los árboles tenía dos tonos, y el cielo casi no se veía. Las palomas se acercaron a ella, pero enseguida se retiraron, defraudadas. En realidad, no tenía nada para darles. Un mundo de gente pasaba junto al banco, sin prestarle atención. Sólo algún muchacho la miraba. Ella estaba dispuesta a dialogar, incluso lo deseaba, pero aquellos volubles contempladores siempre terminaban por vencer su vacilación y seguían su camino. Entonces alguien se separó de la corriente. Era un hombre cincuentón, bien vestido, peinado impecablemente, con alfiler de corbata y portafolio negro. Ella intuyó que le iba a hablar. ¿Me habrá reconocido?, pensó. Y tuvo miedo de que aquel individuo la introdujera nuevamente en su pasado. Se sentía tan feliz en su confortable olvido. Pero el hombre simplemente vino y preguntó: “¿Le sucede algo, señorita?” Ella lo contempló largamente. La cara del tipo le ínspiró confianza. En realidad, todo le inspiraba confianza. “Hace un rato abrí los ojos en esta plaza y no recuerdo nada, nada de lo de antes.” Tuvo la impresión de que no eran necesarias más palabras. Se dio cuenta de su propia sonrisa cuando vio que el hombre también sonreía. Él le tendió la mano. Dijo: “Mi nombre es Roldán, Félix Roldán”. “Yo no sé mi nombre”, dijo ella, pero estrechó la mano. “No importa. Usted no puede quedarse aquí. Venga conmigo. ¿Quiere?” Claro que quería. Cuando se incorporó, miró hacia las palomas que otra vez la rodeaban, y reflexionó: Qué suerte, soy alta. El hombre llamado Roldán la tomó suavemente del codo, y le propuso un rumbo. “Es cerca”, dijo. ¿Qué sería lo cerca? No importaba. La muchacha se sentía como una turista. Nada le era extraño y sin embargo no podía reconocer ningún detalle. Espontáneamente, enlazó su brazo débil con aquel brazo fuerte. El traje era suave, de una tela peinada, seguramente costosa. Miró hacia arriba (el hombre era alto) y le sonrió. Él también sonrió, aunque esta vez separó un poco los labios. La muchacha alcanzó a ver un diente de oro. No preguntó por el nombre de la ciudad. Fue él quien le instruyó: “Montevideo”. La palabra cayó en un hondo vacío. Nada. Absolutamente nada. Ahora iban por una calle angosta, con baldosas levantadas y obras en construcción. Los autobuses pasaban junto al cordón y a veces provocaban salpicaduras de un agua barrosa. Ella pasó la mano por sus piernas para limpiarse unas gotas oscuras. Entonces vio que no tenía medias. Se acordó de la palabra medias. Miró hacia arriba y encontró unos balcones viejos, con ropa tendida y un hombre en pijama. Decidió que le gustaba la ciudad.

“Aquí estamos”, dijo el hombre llamado Roldán junto a una puerta de doble hoja. Ella pasó primero. En el ascensor, el hombre marcó el piso quinto. No dijo una palabra, pero la miró con ojos inquietos. Ella retribuyó con una mirada rebosante de confianza. Cuando él sacó la llave para abrir la puerta del apartamento, la muchacha vio que en la mano derecha él llevaba una alianza y además otro anillo con una piedra roja. No pudo recordar cómo se llamaban las piedras rojas. En el apartamento no había nadie. Al abrirse la puerta, llegó de adentro una bocanada de olor a encierro, a confinamiento. El hombre llamado Roldán abrió una ventana y la invitó a sentarse en uno de los sillones. Luego trajo copas, hielo, whisky. Ella recordó las palabras hielo y copa. No la palabra whisky. El primer trago de alcohol la hizo toser, pero le cayó bien. La mirada de la muchacha recorrió los muebles, las paredes, los cuadros. Decidió que el conjunto no era armónico, pero estaba en la mejor disposición de ánimo y no se escandalizó. Miró otra vez al hombre y se sintió cómoda, segura. Ojalá nunca recuerde nada hacia atrás, pensó. Entonces el hombre soltó una carcajada que la sobresaltó, “Ahora decime, mosquita muerta. Ahora que estamos solos y tranquilos, eh, vas a decirme quién sos.” Ella volvió a toser y abrió desmesuradamente los ojos. “Ya le dije, no me acuerdo.” Le pareció que el hombre estaba cambiando vertiginme

osa

nte, como si cada vez estuviera menos elegante y más ramplón, como si por debajo del alfiler de corbata o del traje de tela peinada, le empezara a brotar una espesa vulgaridad, una inesperada antipatía. “¿Miss Amnesia? ¿Verdad?” Y eso ¿qué significaba? Ella no entendía nada, pero sintió que empezaba a tener miedo, casi tanto miedo de este absurdo presente como del hermético pasado. “Che, miss Amnesia”, estalló el hombre en otra risotada, “¿sabes que sos bastante original? Te juro que es la primera vez que me pasa algo así. ¿Sos nueva ola o qué?” La mano del hombre llamado Roldán se aproximó. Era la mano del mismo brazo fuerte que ella había tomado espontáneamente allá en la plaza. Pero en rigor era otra mano. Velluda, ansiosa, casi cuadrada. Inmovilizada por el terror, ella advirtió que no podía hacer nada. La mano llegó al escote y trató de introducirse. Pero había cuatro botones que dificultaban la operación. Entonces la mano tiró hacia abajo y saltaron tres de los botones. Uno de ellos rodó largamente hasta que se estrelló contra el zócalo. Mientras duró el ruidito, ambos quedaron inmóviles. La muchacha aprovechó esa breve espera involuntaria para incorporarse de un salto, con el vaso todavía en la mano. El hombre llamado Roldán se le fue encima. Ella sintió que el tipo la empujaba hacia un amplio sofá tapizado de verde. Sólo decía: “Mosquita muerta, mosquita muerta”. Se dio cuenta de que el horrible aliento del tipo se detenía primero en su pescuezo, luego en su oreja, después en sus labios. Advirtió que aquellas manos poderosas, repugnantes, trataban de aflojarle la ropa. Sintió que se asfixiaba, que ya no daba más. Entonces notó que sus dedos apretaban aún el vaso que había tenido whisky. Hizo otro esfuerzo sobrehumano, se incorporó a medias, y pegó con el vaso, sin soltarlo, en el rostro de Roldán. Éste se fue hacia atrás, se balanceó un poco y finalmente resbaló junto al sofá verde. La muchacha asumió íntegramente su pánico. Saltó sobre el cuerpo del hombre, aflojó al fin el vaso (que cayó sobre una alfombrita, sin romperse), corrió hacia la puerta, la abrió, salió al pasillo y bajó espantada los cinco pisos. Por la escalera, claro. En la calle pudo acomodarse el escote, gracias al único botón sobreviviente. Empezó a caminar ligero, casi corriendo. Con espanto, con angustia, también con tristeza y siempre pensando: Tengo que olvidarme de esto, tengo que olvidarme de esto. Reconoció la plaza y reconoció el banco en que había estado sentada. Ahora estaba vacío. Así que se sentó. Una de las palomas pareció examinarla, pero ella no estaba en condiciones de hacer ningún gesto. Sólo tenía una idea obsesiva: Tengo que olvidarme, Dios mío haz que me olvide también de esta vergüenza. Echó la cabeza hacia atrás y tuvo la sensación de que se desmayaba.

Cuando la muchacha abrió los ojos, se sintió apabullada por su desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su edad, ni sus señas. Vio que su falda era marrón y que su blusa, en cuyo escote faltaban tres botones, era de color crema. No tenía cartera. Su reloj marcaba las siete y veinticinco. Estaba sentada en el banco de una plaza con árboles, una plaza que en el centro tenía una fuente vieja, con angelitos y algo así como tres platos paralelos. Le pareció horrible. Desde el banco veía comercios, grandes letreros. Pudo leer: Nogaró, Cine Club, Porley Muebles, Marcha, Partido Nacional. Nada. No recordaba nada. Sin embargo, experimentaba una sensación de alivio, de serenidad, casi de inocencia. Tenía la confusa impresión de que esto era mejor que cualquier otra cosa, como si a sus espaldas quedara algo abyecto, algo terrible. La gente pasaba junto al banco. Con niños, con portafolios, con paraguas. Entonces alguien se separó de aquel desfile interminable. Era un hombre cincuentón, bien vestido, peinado impecablemente, con portafolio negro, alfiler de corbata y un parchecito blanco sobre el ojo. ¿Será alguien que me conoce? pensó ella, y tuvo miedo de que aquel individuo la introdujera nuevamente en su pasado. Se sentía tan feliz en su confortable olvido. Pero el hombre se acercó y preguntó simplemente: “¿Le sucede algo, señorita?” Ella lo contempló largamente. La cara del tipo le inspiró confianza. En realidad, todo le inspiraba confianza. Vio que el hombre le tendía la mano y oyó que decía: “Mi nombre es Roldán. Félix Roldán”. Después de todo, el nombre era lo de menos. Así que se incorporó y espontáneamente enlazó su brazo débil con aquel brazo fuerte.

fin

PUEDES VER ESTE

CORTO

BASADO EN EL

RELATO

PULSANDO ESTA IMAGEN:

MISS AMNESIA – Cortometraje

Nino-perro-01.jpg

claqueta


II MARATÓN DE LECTURA. QUINTA SEMANA y SEXTO relato (16-12-2010)

RECORDAD QUE LAS PREGUNTAS

SOBRE EL SEXTO RELATO

APARECERÁN EL JUEVES

TRECE DE ENERO DE 2011

A LAS CINCO.

¡FELIZ NAVIDAD!

QUINTA SEMANA

y SEXTO relato

(16-12-2010)

PREGUNTAS

1.- En el texto se alude a los cuatro evangelistas, cada uno de ellos representado por un símbolo: busca  el nombre de los cuatro evangelistas y únelo al símbolo que les corresponde.

a:

b:

c:

d:

Imagen

2. En el piano empieza a sonar un Nocturno de Chopin. Identifica en la sopa de letras el nombre de otras tres piezas musicales de este compositor:


RESPUESTA (el orden da igual):

PIEZA MUSICAL A:

PIEZA MUSICAL B:

PIEZA MUSICAL C:

3. Algunos de los nocturnos de Chopin, compuestos a lo largo de unos quince años, están dedicados a señoras y señoritas que él conoció cuando interpretaba sus obras. Debes emparejar el nombre de las mujeres a las que dedicaba estas obras y el año de su composición:

RESPUESTA:

1:

2:

3:

4:

4. De las ciudades europeas indicadas en este mapa, a) ¿cuál es la llamada Bizancio en el relato? b) ¿A qué país pertenece en la actualidad?

a)

b)

5. En la narración se habla de un emperador del siglo VI  y de su mujer. Di sus datos correctos, tanto sus nombres como sus fechas de nacimiento y muerte, seleccionándolos de entre los siguientes:

RESPUESTA:

A. NOMBRE Y FECHAS DE LA EMPERATRIZ:

B. NOMBRE Y FECHAS DEL EMPERADOR:

6.

Indica cuáles son las imágenes que se corresponden con los siguientes elementos arquitectónicos:

a. friso

b. bajorrelieve

c. mosaicos

d. cúpulas

7. Busca entre las frases hechas y refranes el que crees que se relaciona mejor con el tema del cuento.

8. Los poetas de la “hostería de la manzana de Adán” recitan versos, mientras charlan sobre filosofía. Busca quien es el autor de los siguientes versos:

9. Une estos adjetivos del texto con sus correspondientes significados:

1  Jubiloso              A  Gastado  por el uso

2  Aristocrático    B   Cansadas, agotadas

3  Raído            C   Perteneciente a la clase noble

4 Desvencijado      D   Alegre y ruidoso

5  Exhaustas            E    Desunido algo que debería estar junto

10. Imagina que la mujer de Diego Narbona ha decidido acabar definitivamente su relación con él y no aguantar más sus malos tratos. Debes escribir la carta que ella le dirige a una prima suya explicándole por qué se ha marchado y lo ha dejado.  (Mínimo 10 líneas).

Bernardino (Ana María Matute)

Siempre oímos decir en casa, al abuelo y a todas las personas mayores, que Bernardino era un niño mimado.

Bernardino vivía con sus hermanas mayores, Engracia, Felicidad y Herminia, en “Los Lúpulos”, una casa grande, rodeada de tierras de labranza y de un hermoso jardín, con árboles viejos agrupados formando un diminuto bosque, en la parte lindante con el río. La finca se hallaba en las afueras del pueblo y, como nuestra casa, cerca de los grandes bosques comunales.

Alguna vez, el abuelo nos llevaba a “Los Lúpulos”, en la pequeña tartana, y, aunque el camino era bonito por la carretera antigua, entre castaños y álamos, bordeando el río, las tardes en aquella casa no nos atraían. Las hermanas de Bernardino eran unas mujeres altas, fuertes y muy morenas. Vestían a la moda antigua -habíamos visto mujeres vestidas como ellas en el álbum de fotografías del abuelo- y se peinaban con moños levantados, como roscas de azúcar, en lo alto de la cabeza. Nos parecía extraño que un niño de nuestra edad tuviera hermanas que parecían tías, por lo menos. El abuelo nos dijo:

-Es que la madre de Bernardino no es la misma madre de sus hermanas. Él nació del segundo matrimonio de su padre, muchos años después.

Esto nos armó aún más confusión. Bernardino, para nosotros, seguía siendo un ser extraño, distinto. Las tardes que nos llevaban a “Los Lúpulos” nos vestían incómodamente, casi como en la ciudad, y debíamos jugar a juegos necios y pesados, que no nos divertían en absoluto. Se nos prohibía bajar al río, descalzarnos y subir a los árboles. Todo esto parecía tener una sola explicación para nosotros:

-Bernardino es un niño mimado -nos decíamos. Y no comentábamos nada más.

Bernardino era muy delgado, con la cabeza redonda y rubia. Iba peinado con un flequillo ralo, sobre sus ojos de color pardo, fijos y huecos, como si fueran de cristal. A pesar de vivir en el campo, estaba pálido, y también vestía de un modo un tanto insólito. Era muy callado, y casi siempre tenía un aire entre asombrado y receloso, que resultaba molesto. Acabábamos jugando por nuestra cuenta y prescindiendo de él, a pesar de comprender que eso era bastante incorrecto. Si alguna vez nos lo reprochó el abuelo, mi hermano mayor decía:

-Ese chico mimado… No se puede contar con él.

Verdaderamente no creo que entonces supiéramos bien lo que quería decir estar mimado. En todo caso, no nos atraía, pensando en la vida que llevaba Bernardino. Jamás salía de “Los Lúpulos” como no fuera acompañado de sus hermanas. Acudía a la misa o paseaba con ellas por el campo, siempre muy seriecito y apacible.

Los chicos del pueblo y los de las minas lo tenían atravesado. Un día, Mariano Alborada, el hijo de un capataz, que pescaba con nosotros en el río a las horas de la siesta, nos dijo:

-A ese Bernardino le vamos a armar una.

-¿Qué cosa? -dijo mi hermano, que era el que mejor entendía el lenguaje de los chicos del pueblo.

-Ya veremos -dijo Mariano, sonriendo despacito-. Algo bueno se nos presentará un día, digo yo. Se la vamos a armar. Están ya en eso Lucas, Amador, Gracianín y el Buque… ¿Queréis vosotros?

Mi hermano se puso colorado hasta las orejas.

-No sé -dijo-. ¿Qué va a ser?

-Lo que se presente -contestó Mariano, mientras sacudía el agua de sus alpargatas, golpeándolas contra la roca-. Se presentará, ya veréis.

Sí: se presentó. Claro que a nosotros nos cogió desprevenidos, y la verdad es que fuimos bastante cobardes cuando llegó la ocasión. Nosotros no odiábamos a Bernardino, pero no queríamos perder la amistad con los de la aldea, entre otras cosas porque hubieran hecho llegar a oídos del abuelo andanzas que no deseábamos que conociera. Por otra parte, las escapadas con los de la aldea eran una de las cosas más atractivas de la vida en las montañas.
Bernardino tenía un perro que se llamaba “Chu”. El perro debía de querer mucho a Bernardino, porque siempre le seguía saltando y moviendo su rabito blanco. El nombre de “Chu” venía probablemente de Chucho, pues el abuelo decía que era un perro sin raza y que maldita la gracia que tenía. Sin embargo, nosotros le encontrábamos mil, por lo inteligente y simpático que era. Seguía nuestros juegos con mucho tacto y se hacía querer en seguida.

-Ese Bernardino es un pez -decía mi hermano-. No le da a “Chu” ni una palmada en la cabeza. ¡No sé cómo “Chu” le quiere tanto! Ojalá que “Chu” fuera mío…

A “Chu” le adorábamos todos, y confieso que alguna vez, con mala intención, al salir de “Los Lúpulos” intentábamos atraerlo con pedazos de pastel o terrones de azúcar, por ver si se venía con nosotros. Pero no: en el último momento “Chu” nos dejaba con un palmo de narices y se volvía saltando hacia su inexpresivo amigo, que le esperaba quieto, mirándonos con sus redondos ojos de vidrio amarillo.

-Ese pavo… -decía mi hermano pequeño-. Vaya un pavo ese…

Y, la verdad, a qué negarlo, nos roía la envidia.

Una tarde en que mi abuelo nos llevó a “Los Lúpulos” encontramos a Bernardino raramente inquieto.

-No encuentro a “Chu” -nos dijo-. Se ha perdido, o alguien me lo ha quitado. En toda la mañana y en toda la tarde que no lo encuentro…

-¿Lo saben tus hermanas? -le preguntamos.

-No -dijo Bernardino-. No quiero que se enteren…

Al decir esto último se puso algo colorado. Mi hermano pareció sentirlo mucho más que él.

-Vamos a buscarlo -le dijo-. Vente con nosotros, y ya verás como lo encontraremos.

-¿A dónde? -dijo Bernardino-. Ya he recorrido toda la finca…

-Pues afuera -contestó mi hermano-. Vente por el otro lado del muro y bajaremos al río… Luego, podemos ir hacia el bosque. En fin, buscarlo. ¡En alguna parte estará!

Bernardino dudó un momento. Le estaba terminantemente prohibido atravesar el muro que cercaba “Los Lúpulos”, y nunca lo hacía. Sin embargo, movió afirmativamente la cabeza.

Nos escapamos por el lado de la chopera, donde el muro era más bajo. A Bernardino le costó saltarlo, y tuvimos que ayudarle, lo que me pareció que le humillaba un poco, porque era muy orgulloso.

Recorrimos el borde del terraplén y luego bajamos al río. Todo el rato íbamos llamando a “Chu”, y Bernardino nos seguía, silbando de cuando en cuando. Pero no lo encontramos.

Íbamos ya a regresar, desolados y silenciosos, cuando nos llamó una voz, desde el caminillo del bosque:

-¡Eh, tropa!…

Levantamos la cabeza y vimos a Mariano Alborada. Detrás de él estaban Buque y Gracianín. Todos llevaban juncos en la mano y sonreían de aquel modo suyo, tan especial. Ellos sólo sonreían cuando pensaban algo malo.

Mi hermano dijo:

-¿Habéis visto a “Chu”?

Mariano asintió con la cabeza:

-Sí, lo hemos visto. ¿Queréis venir?

-Bernardino avanzó, esta vez delante de nosotros. Era extraño: de pronto parecía haber perdido su timidez.

-¿Dónde está “Chu”? -dijo. Su voz sonó clara y firme.

Mariano y los otros echaron a correr, con un trotecillo menudo, por el camino. Nosotros les seguimos, también corriendo. Primero que ninguno iba Bernardino.

Efectivamente: ellos tenían a “Chu”. Ya a la entrada del bosque vimos el humo de una fogata, y el corazón nos empezó a latir muy fuerte. Habían atado a “Chu” por las patas traseras y le habían arrollado una cuerda al cuello, con un nudo corredizo. Un escalofrío nos recorrió: ya sabíamos lo que hacían los de la aldea con los perros sarnosos y vagabundos. Bernardino se paró en seco, y “Chu” empezó a aullar, tristemente. Pero sus aullidos no llegaban a “Los Lúpulos”. Habían elegido un buen lugar.

-Ahí tienes a “Chu”, Bernardino -dijo Mariano-. Le vamos a dar de veras.

Bernardino seguía quieto, como de piedra. Mi hermano, entonces, avanzó hacia Mariano.

-¡Suelta al perro! -le dijo-. ¡Lo sueltas o…!

-Tú, quieto -dijo Mariano, con el junco levantado como un látigo-. A vosotros no os da vela nadie en esto… ¡Como digáis una palabra voy a contarle a vuestro abuelo lo del huerto de Manuel el Negro!

Mi hermano retrocedió, encarnado. También yo noté un gran sofoco, pero me mordí los labios. Mi hermano pequeño empezó a roerse las uñas.

-Si nos das algo que nos guste -dijo Mariano- te devolvemos a “Chu”.

-¿Qué queréis? -dijo Bernardino. Estaba plantado delante, con la cabeza levantada, como sin miedo. Le miramos extrañados. No había temor en su voz.

Mariano y Buque se miraron con malicia.

-Dineros -dijo Buque.

Bernardino contestó:

- No tengo dinero.

Mariano cuchicheó con sus amigos, y se volvió a él:

-Bueno, pos cosa que lo valga…

Bernardino estuvo un momento pensativo. Luego se desabrochó la blusa y se desprendió la medalla de oro. Se la dio.

De momento, Mariano y los otros se quedaron como sorprendidos. Le quitaron la medalla y la examinaron.

-¡Esto no! -dijo Mariano-. Luego nos la encuentran y… ¡Eres tú un mal bicho! ¿Sabes? ¡Un mal bicho!

De pronto, les vimos furiosos. Sí; se pusieron furiosos y seguían cuchicheando. Yo veía la vena que se le hinchaba en la frente a Mariano Alborada, como cuando su padre le apaleaba por algo.

-No queremos tus dineros -dijo Mariano-. Guárdate tu dinero y todo lo tuyo… ¡Ni eres hombre ni… ná!

Bernardino seguía quieto. Mariano le tiró la medalla a la cara. Le miraba con ojos fijos y brillantes, llenos de cólera. Al fin, dijo:

-Si te dejas dar de veras tú, en vez del chucho…

Todos miramos a Bernardino, asustados.

-No… -dijo mi hermano.

Pero Mariano gritó:

-¡Vosotros a callar, o lo vais a sentir…! ¿Qué os va en esto? ¿Qué os va…?

Fuimos cobardes y nos apiñamos los tres juntos a un roble. Sentí un sudor frío en las palmas de las manos. Pero Bernardino no cambió de cara. (“Ese pez…”, que decía mi hermano). Contestó:

-Está bien. Dadme de veras.

Mariano le miró de reojo, y por un momento nos pareció asustado. Pero en seguida dijo:

-¡Hala, Buque…!

Se le tiraron encima y le quitaron la blusa. La carne de Bernardino era pálida, amarillenta, y se le marcaban mucho las costillas. Se dejó hacer, quieto y flemático. Buque le sujetó las manos a la espalda, y Mariano dijo:

-Empieza tú, Gracianín…

Gracianín tiró el junco al suelo y echó a correr, lo que enfureció más a Mariano. Rabioso, levantó el junco y dio de veras a Bernardino, hasta que se cansó.

A cada golpe mis hermanos y yo sentimos una vergüenza mayor. Oíamos los aullidos de “Chu” y veíamos sus ojos, redondos como ciruelas, llenos de un fuego dulce y dolorido que nos hacía mucho daño. Bernardino, en cambio, cosa extraña, parecía no sentir el menor dolor. Seguía quieto, zarandeado solamente por los golpes, con su media sonrisa fija y bien educada en la cara. También sus ojos seguían impávidos, indiferentes. (“Ese pez”, “Ese pavo”, sonaba en mis oídos).

Cuando brotó la primera gota de sangre Mariano se quedó con el mimbre levantado. Luego vimos que se ponía muy pálido. Buque soltó las manos de Bernardino, que no le ofrecía ninguna resistencia, y se lanzó cuesta abajo, como un rayo.

Mariano miró de frente a Bernardino.

-Puerco -le dijo-. Puerco.

Tiró el junco con rabia y se alejó, más aprisa de lo que hubiera deseado.

Bernardino se acercó a “Chu”. A pesar de las marcas del junco, que se inflamaban en su espalda, sus brazos y su pecho, parecía inmune, tranquilo, y altivo, como siempre. Lentamente desató a “Chu”, que se lanzó a lamerle la cara, con aullidos que partían el alma. Luego, Bernardino nos miró. No olvidaré nunca la transparencia hueca fija en sus ojos de color de miel. Se alejó despacio por el caminillo, seguido de los saltos y los aullidos entusiastas de “Chu”. Ni siquiera recogió su medalla. Se iba sosegado y tranquilo, como siempre.

Sólo cuando desapareció nos atrevimos a decir algo. Mi hermano recogió del suelo la medalla, que brillaba contra la tierra.

-Vamos a devolvérsela -dijo.

Y aunque deseábamos retardar el momento de verle de nuevo, volvimos a “Los Lúpulos”. Estábamos ya llegando al muro, cuando un ruido nos paró en seco. Mi hermano mayor avanzó hacia los mimbres verdes del río. Le seguimos, procurando no hacer ruido.

Echado boca abajo, medio oculto entre los mimbres, Bernardino lloraba desesperadamente, abrazado a su perro.

FIN

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II MARATÓN DE LECTURA. CUARTA SEMANA y quinto relato (9-12-2010)


CUARTA SEMANA

(9-12-2010)

PREGUNTAS SOBRE

EL RELATO

de Gabriel García Márquez

“Me alquilo

para soñar”

1. ¿En cuál de estos escenarios estaba desayunando el protagonista cuando se produce el “maretazo”? 2. ¿Cuántos minutos tardaron los voluntarios cubanos y los bomberos en recoger los destrozos?

a. Menos de 360 minutos. X
b. 360 minutos.
c. Más de 420 minutos.
d. 420 minutos.

3. ¿Dónde se encontró el cadáver de una mujer?

4. ¿Qué forma tenía el anillo que llevaba la mujer fallecida?

5. ¿A quién le recuerda esta mujer al protagonista?

a.  A una antigua novia.
b.  A una compañera del colegio.
c.  A una joven que había conocido 34 años antes de Viena.
d.  A su hermana.

6. ¿Quién es Frau Frida?

a.  Una artista de circo.
b.  Una famosa actriz.
c.  Una presentadora de televisión.
d.  Una joven que se dedica a soñar.

7. ¿Qué dos escritores  hispanoamericanos aparecen en la historia?


8.  ¿En qué isla se desarrolla la historia?

9. Ordena estas informaciones con los escritores hispanoamericanos correspondientes:

PARA DAR LA RESPUESTA, ESCRIBE JUNTO AL NOMBRE DE LOS ESCRITORES LOS NÚMEROS QUE CORRESPONDEL A LOS NÚMEROS DE SU FOTO, DE SU CARICATURA, DEL TÍTULO DE SU LIBRO Y DE SU PAÍS (TRAS CADA NOMBRE DEBES ESCRIBIR CUATRO NÚMEROS):

Isabel Allende:

Mario Benedetti:

Pablo Neruda:

Jorge Luis Borges:

Mario Vargas Llosa:

Gabriel García Márquez:

10. Imagina que el protagonista, tras pasar un tiempo en Roma, vuelve a Viena, la ciudad a la que no debía regresar, al menos pasados cinco años.  Inventa algunas aventuras que le sucederán al protagonista en su regreso a Viena.  Describe la ciudad, cita los monumentos más importantes de la misma e intenta cambiar el final de la historia.

RELATO DE LA

PRÓXIMA SEMANA:

 

Un artista

Manuel Mújica Láinez

En la “Hostería de la Manzana de Adán” tenían sus cuarteles unos cuantos literatos y desocupados que solían ir a filosofar frente a su bien abastecida chimenea. Era un viejo mesón cuyas paredes morunas, blanqueadas con cal, brillaban a la luz de la luna.

Allí, entre el humo de las pipas y el chocar de los vasos, los bohemios hacían derroche de espíritu y buen humor. Una vez, por mera curiosidad, visité dicho establecimiento.

El interior constaba de una sala en la que cabrían hasta veinte mesas. A la luz vaga de los candelabros, apenas se advertían los rostros de los jubilosos escritores; pero sonoras carcajadas delataban su presencia. Recuerdo que llamó mi atención un hombre que, con aristocrático desdén, no parecía querer unirse a los demás.

La luz vacilante de un cirio le daba de lleno en el rostro, en el que ponía largas pinceladas de oro. Era alto y fino. Evocaba los lienzos borrosos de Holbein y de los maestros flamencos.

Los lacios cabellos y la barba rubia le prestaban cierto parecido con San Juan Evangelista. Pero lo que más me impresionó fueron sus ojos, maravillosamente puros y azules, llenos de dulzura. Estaba de pie, apoyado contra el dintel de una puerta, y fumaba lentamente en una larga pipa de porcelana alemana. Ignoro de qué modo trabé relación con él. Como por artes mágicas me vi sentado frente a él, ante una mesa en que brillaban dos gruesos vasos de cerveza.

Me fijé, entonces, en su raído traje y en la corbata romántica, anudada con despreocupación, y pensé: un poeta. Era un pintor. Así me lo dijo mientras que, en el desvencijado pianillo, una mujer de grandes ojos rasgados comenzó a tocar un nocturno de Chopin.

Se apagaron los profanos murmullos. Suavemente, con voz musical que parecía seguir el ritmo doloroso del Nocturno, mi pintor habló. Pertenecía a la escuela de los artistas que quieren revivir en sus telas el arte muerto de Bizancio. Con los ojos cerrados, acariciándose la barba, narró el fasto de las opulentas ciudades de Teodora.

Fue un verdadero friso, un bajorrelieve, el que puso ante mis ojos deslumbrados.

Y había en él patriarcas severos, emperadores indolentes y cortesanas suntuosas, envueltos todos en el fulgor extraño de las joyas. Los inmensos palacios de mármol y mosaicos se levantaban, piedra a piedra, en mi imaginación. Veía el brillo de las tierras y el de los pesados anillos en las manos imperiales. Athenais… Irene… Las cúpulas de las basílicas se erigían como metálicos yelmos sarracenos.

Hechizado, lo escuchaba yo. Este hombre era un artista. Un verdadero artista. Hablaba de su arte, de sus ideales, con religioso fervor, como puede un sacerdote hablar de su culto.

Luego, sin transición, fija la mirada en un punto inaccesible, el desconocido me contó su vida, azarosa y miserable. A pesar de su profundo conocimiento de la historia antigua y de sus notables estudios bizantinos, el triunfo no había coronado sus esfuerzos.

Ahora, indiferente, vivía su vida interior sin preocuparse de lo que lo rodeaba. Tenía una gran indulgencia para con todos y su única defensa contra las adversidades y el hastío era encogerse de hombros.

-Ahí tiene usted a esos pobres muchachos -me dijo, señalando un grupo de jóvenes melenudos-. No hay ni uno de ellos que valga y, sin embargo, véalos usted felices, alegres, llamándose “maestro” mutuamente… A veces, vienen y me leen sus versos.

En sus sienes las venas azules y bien marcadas se hinchaban. Yo miraba sus manos de marfil viejo que, exhaustas, descansaban sobre la mesa. Temblaron un poco sus labios finos y sonrió con amargura.

En ese instante, el San Juan Evangelista se borró por completo de mi mente. Me parecía mi interlocutor un soberano oriental, un sátrapa persa, despreocupado y lánguido, como esos cuyo perfil voluptuoso se esfuma suavemente en las viejas monedas de oro del Asia Menor.

Se levantó y me dio la mano. Partía. Me díjo que se llamaba Diego Narbona y vivía allí cerca. Quedé solo en mi mesa. Allá lejos, la chimenea murmuraba su triste cantar.

El humo era tan espeso que parecía envolvernos una densa niebla. Del grupo de los jóvenes melenudos uno recitaba… Mon âme est une Infante en robe de parade. Yo pensaba en mi pintor. Lo veía revistiendo el manto imperial de Justiniano, y elevando, con las manos cargadas de anillos, una pesada diadema. Una mujer hermosísima, hincada ante él, aguardaba el instante solemne de la coronación. Y esa mujer era la Belleza.

Aux pieds de son fautiel allongés noblement, deux lévriers d’Ecosse aux yeux mélancoliques…

Alguien, con el pie, marcaba el fin de cada verso. Detrás del mostrador, la hostelera miraba con admiración a sus parroquianos. A veces sonreía, mostrando un diente negro.

Encima de una mesa descansaba un grueso Diccionario Enciclopédico, y un muchachito pecoso lo hojeaba lentamente, leyendo por lo bajo: “Asur… Asur… Asurbanipal…”

Despertándome bruscamente de un sueño recién comenzado, la puerta de entrada se abrió de par en par, y una mujer joven y bonita entró, llorando desesperadamente.

Su brazo sangraba.

-¿Otra vez aquí? -gruñó la mesonera de malhumor.

El más joven de los poetas se acercó a ella.

-¿Te ha pegado de nuevo? -dijo.


-Sí… Porque dejé que se quemara la tortilla…

Yo me aproximé. Parecíame imposible que un hombre pudiera maltratar a una mujer tan frágil… ¡Ah! Si mi amigo el pintor estuviera aquí, ¡cómo sabría consolarla! ¡Con qué suaves inflexiones de voz calmaría…! Compasivo, me acerqué más aún.

Ideas vengativas cruzaron por mi cerebro al verla tan bella, tan débil.

-¿Cómo se llama su marido? -rugí.

Ella levantó hacía mí sus ojos claros y azules que me recordaban otros dos ojos claros y azules, llenos de dulzura y pureza:

-Diego Narbona -me dijo…

FIN


II MARATÓN DE LECTURA. TERCERA SEMANA y cuarto relato (2-12-2010)

II MARATÓN


DE LECTURA.


TERCERA SEMANA


(2-12-2010)

PREGUNTAS SOBRE EL TERCER RELATO

Las respuestas se enviarán a

maratonlect@gmail.com

dentro de las 72 horas (tres días) siguientes a la aparición de las preguntas.

1- Este relato pertenece a una colección de cuentos, señala a cuál:

A.

B.

C.

D.

2- ¿Qué detalle de la casa permite al albañil reconocer el lugar del tesoro?:

3- De las siguientes palabras, cuatro son derivadas; di cuáles:

a. Clérigo,

b. viejo,

c. avaricia,

d. honestidad,

e. órdenes,

f. caserón,

g. camino.

Ciudad de Loja, en el  Civitates Orbis Terrarum

4- La ruta nazarí  de  W. Irving recorre los pasos que en 1829 siguió el escritor romántico y diplomático norteamericano Washington Irving, fascinado por la riqueza y el exotismo de la civilización hispano-musulmana. Se ciñe básicamente al trayecto, de unos 250 km., de la autovía A-92.

Esta ruta discurre entre dos ciudades  andaluzas, ¿Cuáles?

5- De las siguientes poblaciones hay tres que no pertenecen a la ruta anterior. ¿Cuáles?:

Carmona, Osuna, Lora del Río, Estepa, Écija, Córdoba y Cazalla de la Sierra.


Trazado de la Ruta de  Washington irving

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6- En total, el clérigo paga al albañil tres monedas, pero ¿de qué material son las monedas? (Fíjate en el símbolo químico de cada metal)

7- El tesoro escondido es:

8- ¿Qué enseñanza se desprende de esta leyenda?

a. Es aconsejable ser avaro

b. La desconfianza es necesaria

c. La suerte llega a las personas trabajadoras y fieles a su religión cuando menos se la esperan

d. El trabajo manual es siempre recompensado

9- A cada palabra le corresponde uno de los dibujos. Ordénalos

RESPUESTA:

a.

b.

c.

d.

e.

f.

g.

10- Continúa el siguiente fragmento del relato explicando con tus palabras lo que el albañil pudo decir a su hijo mayor para explicarle el secreto de su fortuna.

“Un día, sintiendo que la vida lo abandonaba, llamó a su hijo mayor.

-Eres mi heredero -dijo- y por lo tanto depositario del secreto de nuestra fortuna.

-Si es tu deseo, padre mío -respondió el hijo, cuya pena no alcanzaba a borrar la visión del dinero-, te escucho.

Y con voz que parecía un murmullo, el antiguo albañil contó a su primogénito:

( entre 10 y 15 líneas).

Envía tus respuestas a la dirección escrita en el dibujo de abajo, INDICANDO NOMBRE, APELLIDOS, CURSO  Y GRUPO AL QUE PERTENECES E INSTITUTO:

maratonlect@g



Me alquilo para soñar

de Gabriel García Márquez

A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían pesentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:
—Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo, devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:
—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
—Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé con esa mujer que sueña —dijo.

Matilde quiso que le contara el sueño.
—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?
—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé con el poeta —nos dijo.
Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me permitiera una conclusión final.
—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba. 

Marzo 1980.

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II MARATÓN DE LECTURA. SEGUNDA SEMANA y tercer relato

II MARATÓN DE LECTURA

SEGUNDA SEMANA

PREGUNTAS SOBRE EL SEGUNDO RELATO:

“EL DESVÁN DE LAS MARAVILLAS”


de FERNANDO MOLERO CAMPOS.

1.- Cuando entierran al abuelo de Jacobo, acompaña al féretro “un esquema de una banda de música”.

Nosotros, más que de bandas de música, vamos a hablar de orquestas.

Puedes ver la distribución de una orquesta completa en este juego (pulsa sobre el dibujo):

Empareja los personajes con la familia de dibujos a la que pertenece cada uno y con el instrumento que toca en la orquesta del siguiente dibujo:

Puedes dar las respuestas de manera más simple anotando tras las letras mayúsculas siguientes, las minúsculas y los números que les corresponden:

A=

B=

C=

D=

E=


2.- Empareja los rasgos físicos de Jacobo con las comparaciones que el autor utiliza para describirlo:

RESPUESTA: Completa añadiendo a cada número la letra que le corresponde:

1:

2:

3:

4:

5:

3. De los siguientes olores, ¿cuáles podrías percibir si estuvieras en el desván del relato? Reponde indicando sólo sus letras.

A) Tierra húmeda
B)Nubes de algodón rosa
C) Perfumes orientales
D) Niebla
E) Madera quemada
F) Brisa marina
G) Agua salada
H) Rescoldos de un fuego a medio apagar  

4. Jacobo lanza el dardo al mapamundi que hay en el desván. Este tarda en clavarse 1’5 segundos. Si se desplaza a una velocidad de 3 m. por segundo, ¿desde cuántos metros efectuó su lanzamiento?

RESPUESTA: Desde ______ metros

5. ¿De qué lugares son originarios los siguientes objetos que se encuentran en el desván?

Para responder, escribe la letra correspondiente tras el número:

1:

2:

3:

4:

6.- Relaciona los siguientes nombres de lugares mencionados en el relato con el país en el que están situados y con el paisaje al que dan nombre:

Para responder, completa este cuadro:

O bien anota tras los siguientes números la letra y el número romano correspondiente:

1=

2=

3=

4=

5=

6=

7.- Define a los siguientes seres mitológicos uniendo el número con la descripción correspondiente y su ilustración:

También puedes contestar anotando tras los siguientes números las letras minúscula y mayúscula que les corresponden:

1=

2=

3=

4=

5=

6=

8.- En el relato los personajes caen en un sueño hipnótico durante el cual viajan a lugares exóticos. Indica la definición más adecuada para cada concepto relacionado con el psicoanálisis y la psiquiatría:

Escribe las soluciones anotando la letra correspondiente tras el número:

1.- HIPNOSIS:

2.- NEURASTENIA:

3.- PARANOIA:

4.- HISTERISMO:

5.- DEMENCIA:

6.- ESQUIZOFRENIA:

9.- ¿Qué reflexión te parece más adecuada para el relato que has leído?

1.- No debemos ser egoístas ni olvidarnos de los demás

2.- Una afición es beneficiosa si no se convierte en una obsesión

3.- Lo ideal es dejarlo todo por conseguir lo que uno más desea

4.- Comparte tus aficiones con los demás

Como respuesta, escribe el número correspondiente a la reflexión más adecuada.

10.- Imagina que te encuentras en el desván que aparece en el relato y lanzas un dardo al mapamundi. Supón que cae en China. ¿Qué aventuras te sucederían? Escribe entre 5 y 15 líneas. Debes describir el lugar en el que te encuentras y resumir una o varias aventuras que te ocurren para incluirlas en los cuadernos donde escribe Jacobo.

Recuerda que las faltas de ortografía restan puntos pero que un buen relato te puede dar tres puntos más.

Y, ahora, el relato

de la semana próxima:

Leyenda del albañil

y el tesoro escondido

Hace muchos años, vivió en Granada un maese albañil, tan buen creyente, que nunca dejaba de cumplir con los preceptos y festividades señalados por la religión cristiana. Pero su fe sufría una ruda prueba. Sus esfuerzos para conseguir trabajo sólo eran recompensados por un aumento de la pobreza y el hambre que pasaba, habitualmente, su numerosa familia.

Una noche, en uno de los pocos momentos que disfrutaba de felices sueños, fuertes golpes dados en la puerta de la mísera casucha lo arrancaron del camastro. Encendió un candil y corrió la tranca que aseguraba la entrada. Como por encanto, su mal humor se transformó en asombro y luego en terror.

Frente a él tenía a un monje que le pareció altísimo, cuyo rostro delgado y de una extrema palidez no alcanzaba a cubrir la oscura capucha.

-Vengo en tu busca -dijo el monje con voz cavernosa-, sabiendo que eres buen cristiano y que no te negarás a efectuar una tarea que no admite demora.

-Estoy a tus órdenes, buen padre -contestó el maese, algo repuesto de la impresión-, siempre que me pagues de acuerdo con el trabajo.

-Serás bien recompensado. No tendrás quejas, pero como el asunto requiere cierto secreto, me acompañarás con los ojos vendados.

Nada opuso a esta condición el albañil, ansioso como estaba de ganar algunos céntimos. Largo fue el andar por tortuosos caminos, hasta que el monje se detuvo ante la puerta de un sombrío caserón. Rechinó, la cerradura al abrir y gimieron los goznes al cerrar. Un intenso escalofrío sacudió el cuerpo del maese albañil cuando una mano lo tomó del brazo guiándolo a través de un silencioso pasaje. Al quitarle la venda se encontró en un gran patio, escasamente alumbrado.

-Aquí -dijo el monje señalando una fuente morisca- harás el trabajo. A tu lado están los materiales necesarios.

-¿Qué he de hacer, buen padre?

-Una pequeña bóveda, que tratarás de terminar esta noche.

La impresión aceleraba el ritmo de su tarea, pero ella requería más  tiempo del calculado. El canto de los gallos anunciaba la cercanía del alba, cuando el monje, que no se había apartado de su lado, interrumpió la labor.

-Por esta noche es suficiente -dijo-; toma tu paga y deja que te vende los ojos. Te guiaré hasta tu casa.

El maese albañil no opuso reparo. Durante el camino de regreso no dejó de apretar la moneda de oro que le entregara el monje. Al llegar, éste le preguntó si al día siguiente estaba dispuesto a finalizar el trabajo.

-Vivo para eso, buen padre, pero espero que el pago sea igual al de hoy.

-Estaré aquí mañana a medianoche.

Y sin decir más, se perdió en la semioscuridad del amanecer. La impaciencia abrumó todo el día al albañil. La curiosidad atormentaba a su buena mujer. Pero de estas preocupaciones no participaba su numerosa prole, que no hacía otra cosa que comer, desquitándose del hambre de muchos meses.

Llegada la hora convenida y tomando las mismas precauciones de la noche anterior, volvió el albañil a continuar su obra. Al poner término al trabajo, el monje, cuya voz sonaba más cavernosa, dijo:


-Sólo falta que me ayudes a traer los bultos que has de enterrar en esta bóveda.

Un nuevo escalofrío sacudió al albañil. La sospecha de que su trabajo se relacionaba con algún asunto macabro lo inmovilizó unos instantes. Sintió erizársele los cabellos. Gruesas gotas de sudor perlaron su frente. Fue necesario un nuevo pedido del religioso para que sus piernas, sacudidas por violentos temblores, pudieran arrastrarlo hasta la última

habitación de la casa.

Allí, recién el aliento volvió a su alma. Contra lo que esperaba, sólo vio en un rincón cuatro cofres destinados a guardar dinero. Grandes fueron los esfuerzos que debieron realizar para arrastrarlos hasta la bóveda. Una vez depositados allí, fácil resultó cerrarla, cuidando de borrar las señales que delataran su trabajo.


Después de entregarle dos monedas de oro, vendarle los ojos y conducirlo por un camino mucho más largo que las veces anteriores, el monje, antes de desaparecer, murmuró a su oído:

-Detente aquí y espera a que suenen las campanas de la Catedral. Una terrible desgracia caerá sobre ti y sobre tu familia si antes te vence la curiosidad.

Para que ello no ocurriera, grato entretenimiento se proporcionó el albañil con el alegre tintinear de las monedas de oro. Una vez que sonaron las campanas y pudo arrancarse la venda, se encontró a orillas de un ría, desde donde le era fácil volver a su casa.

La alegría del buen comer sólo alcanzó a durar dos semanas. Falto nuevamente de dinero y trabajo, su familia volvió a caer en el más mísero estado.

Pasaron así algunos meses. Un atardecer estaba sentado frente a su destartalada casa reflexionando sobre su mala suerte, cuando una discreta tosecilla lo trajo a la realidad. Reconoció en el que interrumpía sus meditaciones a uno de los viejos más ricos y avaros que habitaban en la ciudad.

-Parece, maese albañil, que no te sonríe la fortuna -dijo el anciano con voz chillona.

-Así es, señor; malos son los tiempos que corren.

-Entonces, tomarás a bien que te ayude con un trabajillo, siempre está, que me cobres barato.

-En cuanto a eso, no tenga temor, no hay en Granada quien trabaje por menos precio.

-Por eso te busco, buen hombre. Necesito que me remiendes una casa en forma suficiente como para que no se venga abajo.

-Quedo a sus órdenes, señor.

-Mañana al amanecer, te vendré a buscar y empezarás tu trabajo.

Al día siguiente, el viejo avaro llevó al albañil a un caserón al que apenas sostenían las paredes. Después de recorrer las habitaciones fijando las reparaciones necesarias, llegaron a un patio cuyo centro adornaba una fuente morisca. El albañil se detuvo, meditando, al parecer, sobre el precio que debía cobrar por su trabajo.

-Quien habitó aquí -dijo a modo de comentario- se contentaba con bien poco.

-Era suficiente para mi inquilino, un viejo y mísero clérigo, muerto hace algunos meses -explicó el avaro-. Se le creía dueño de una gran fortuna, pero, como sabrás, las apariencias engañan. Lo mismo dicen de mí, porque tengo dos arruinadas fincas.

-Mucho es lo que hay que hacer y largo el tiempo a emplear. Creo haber encontrado una solución. -Siempre que ella no aumente el precio.. .

-Por el contrario. Lo mejor será que habite esta casa mientras la reparo: yo me ahorro el alquiler y usted la mano de obra.

La alegría del propietario no tuvo límites. El arreglo le resultaba en esa forma mucho más barato de lo calculado. Al día siguiente los viejos y escasos muebles del albañil fueron trasladados al derruído caserón. Con la mudanza pareció cambiar la suerte de la familia. El hambre huyó de la casa. A la antigua pobreza la reemplazó un bienestar que aumentaba con el tiempo. Tal situación convirtió al maese albañil en propietario de varias fincas, entre las que se incluía el viejo caserón. La Iglesia recibió importantes donaciones. Los pobres, generosa ayuda. Por largos años gozó de sus riquezas y el aprecio de los habitantes de Granada.

Un día, sintiendo que la vida lo abandonaba, llamó a su hijo mayor.

-Eres mi heredero -dijo- y por lo tanto depositario del secreto de nuestra fortuna.

-Si es tu deseo, padre mío -respondió el hijo, cuya pena no alcanzaba a borrar la visión del dinero-, te escucho.

Y con voz que parecía un murmullo, el antiguo albañil contó a su primogénito cómo la casualidad lo había llevado al sitio en que había enterrado un tesoro, y del cual solamente había gastado una tercera parte.

El autor:

WASHINGTON IRVING, PRIMER ESCRITOR NORTEAMERICANO DE FAMA MUNDIAL (3 de abril de 1783-28 de noviembre de 1859)

Washington Irving forma parte de la historia de la literatura juvenil por cuentos como la Historia del Jinete sin cabeza, Rip Van Winkle, pertenecientes a la colección The Sketch Book of Geoffrey Crayon, y los Cuentos de la Alhambra.
Hombre de gran cultura, abogado, comerciante, periodista, escritor, historiador, diplomático, hispanista e iniciador de esta corriente en su país, logró gran fama en su época gracias a una frondosa y talentosa obra y es considerado el primer norteamericano que trascendió internacionalmente como escritor.
Puede ubicárselo en el romanticismo americano, aunque se queda con sus rasgos más superficiales: gusto por el pasado medieval, por lo fantástico, las leyendas y tradiciones populares, el impulso viajero y el deleite con las ruinas. Es el primer autor americano que utiliza la literatura como caricatura de la realidad, y creador del estilo coloquial americano, del que luego se valdrían Mar Twain o Hemingway.

Contribuyó fuertemente a la imagen exótica y arabizante de España.
Debido a la muerte de su prometida, en su juventud, nunca se casó. Fue el menor de muchos hermanos, con los que mantuvo muy buenas relaciones, inclusive de negocios. Murió el 28 de noviembre de 1859, rodeado de sus familiares, en su mansión de Sunnyside, que ahora es museo y casa histórica.

 

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II MARATÓN DE LECTURA. PRIMERA SEMANA y segundo relato

MARATÓN DE LECTURA 2010-11

PRIMERA ETAPA

Preguntas sobre el Relato 1:

Un cuento de Reyes

Envía tus respuestas lo antes posible a: maratonlect@gmail.com

1. ¿Con qué dos dibujos relacionarías las actividades a las que se dedican Omicrón y Casilda?


RESPUESTA:

OMICRÓN: con el nº

CASILDA: con el nº

2. Omicrón lleva sin comer veintisiete horas y media. ¿Cuántos minutos lleva sin comer?

La respuesta es el número de minutos:

3. ¿Cuál es la afirmación correcta?:

a. OMICRÓN HABLA MADRILEÑO Y ES ELEGANTE Y BONDADOSO

b. OMICRÓN ES BUENO Y FEO, Y HABLA ANDALUZ

c. OMICRÓN ES GUAPO Y MALVADO, Y HABLA ANDALUZ

d. OMICRÓN HABLA ESPAÑOL Y ES HORROROSO Y MALO

4. Por la habitación que tiene alquilada, a Omicrón le cobran 25 duros o “chulís”.

Supongamos que son 25 duros por cada semana.

¿Cuántos euros le cobran por el mes de febrero completo, sabiendo que la moneda que aparece debajo es un duro?

La respuesta es el número de euros que le cobraban por el alquiler durante el mes de febrero completo.

5. Empareja los siguientes términos teniendo en cuenta las comparaciones o confusiones que aparecen en el relato:

1. HAMBRE A. ESCORPIÓN
2. NARIZ B. LAGARTO
3. OJO C. BAILE
4. CONTRACCIONES DE HAMBRE D. OBJETIVO DE LA CÁMARA
5. BUFANDA VERDE E. NARIZ DE BOXEADOR

RESPUESTAS: COMPLETA CON LA LETRA QUE CORRESPONDA:

1.
2.
3.
4.
5.

6. Cuando Casilda dice “orrevuar” a Rogelio, ¿qué quiere decir en realidad, en francés?:

a. Or vuá

b. Ore guar

c. Au revoir

d. Arre, voy

7. ¿Qué quiere decir OMICRÓN, el nombre del protagonista?:

a. Es un nombre senegalés que significa “el alejado”.

b. Es el nombre de una letra griega que significa “o” pequeña.

c. Es el nombre de un animal africano parecido a un búfalo.

d. Es la marca de una moto italiana de los años cincuenta.

8. ¿Qué mensaje nos da este relato?:

a. En Madrid hay mucho racismo.

b. Aunque lo pases mal, puedes hacerte rico engañando a los demás.

c. Hasta los pobres desgraciados tienen su momento de gloria.

d. No hay nada como un buen desayuno para entrar en calor.

9. Esta historia que nos cuenta Ignacio Aldecoa se sitúa en la postguerra española (1939-1970), una época llena de sufrimiento y de falta de libertades en la que muchos españoles se exiliaron o sufrieron la cárcel por sus ideas, pasaron hambre… Averigua datos sobre ese periodo de la Historia española para emparejar adecuadamente (para responder, envía los números del 1 al 14 escribiendo tras cada uno la letra de la respuesta):

10. Cuenta cómo Omicrón acude a la dirección de Rogelio y la conversación entre ambos, en la que Omicrón acepta el trabajo.

Por supuesto, como has visto, en el relato no aparece esta conversación. Tienes que inventarla y escribirla tú en un texto de entre 5 y 15 líneas.

Recuerda que tienen que dialogar Omicrón y Rogelio.

Esta pregunta vale 20 puntos, si bien se restará uno por cada falta de ortografía y dos por cada línea de menos respecto a las indicadas.

Envía tus respuestas a la dirección escrita en el dibujo de abajo,

INDICANDO NOMBRE, APELLIDOS, CURSO  Y GRUPO AL QUE PERTENECES E INSTITUTO:

maratonlect@g

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alaula

EL DESVÁN

DE LAS

MARAVILLAS

de Fernando Molero Campos

Cuando murió el abuelo de unas fiebres contraídas en una recóndita selva sudamericana, aguijoneado por un insecto o la punta envenenada de un minúsculo dardo salvaje, legó a Jacobo, su único nieto, el más preciado de sus tesoros: el desván de la casa familiar con todas sus pertenencias.

La abuela lo enterró como debe enterrarse a los grandes hombres, con todos los honores: féretro en calesa tirada por cuatro caballos percherones, un par de mozos vestidos de alguaciles custodiándolo y el esquema de una banda de música compuesta por una trompeta, un trombón, un clarinete, una tuba y un bombo con la badana gastada de tanto aporreo. Por nada quería la buena mujer quebrar sus ilusiones en el tránsito de éste al otro mundo; y celebrar una ceremonia fúnebre vulgar y al uso sería reconocer en público la chifladura de aquel aventurero que apenas salía de casa.

Jacobo recibió las llaves del desván de unas manos que eran hueso y puro pellejo sin brillo. Los dedos largos del abuelo acariciaron su palma al hacerle la entrega. Ahí está todo cuanto necesitas para ser feliz, le dijo con el guiño de un ojo cansado y la sonrisa de quien ha visto suficientes maravillas como para dejar que la muerte le gane el pulso a la vida.

Acababa de cumplir Jacobo catorce años y ya se advertían en su cuerpo algunas de las mutaciones propias de la adolescencia. Los pies, atrapados en unas malolientes deportivas, semejaban por su tamaño a los de un troll, los brazos le colgaban a la manera de un simio, el pecho se le hundió como isla ahogada por las aguas de un océano, la nariz creció cercada por la orografía lunar de un mar de espinillas y la voz le cambió tanto que cuando abría la boca las palabras le salían con la consistencia del plomo. Por no hablar de aquellos cambios que le despertaban algunas noches bañado en sudor y con el pantalón del pijama manchado por la inexplicable gracia de una polución nocturna.

Nadie lo felicitó por aquella singular herencia. Todos en la familia temían que el chico contrajera la misma enfermedad que el abuelo, un mal sin cura para el que los doctores no habían inventado un nombre, pero que ellos calificaban como una enfermiza imaginación que acarreaba no distinguir con nitidez las fronteras entre la fantasía y la realidad.

La primera vez que el muchacho introdujo la llave en la cerradura del desván y entornó la puerta, un intenso tufo a tierra húmeda, a nubes de algodón rosa, a niebla, a agua salada y rescoldos de un fuego a medio apagar inundó sus fosas nasales. Jamás había olido nada igual. Entró y cerró por dentro.

Del techo pendía una lámpara con forma de globo que servía de tálamo y tramoya de arañas. El suelo, cubierto de alfombras, acogía objetos de variopinta procedencia, desde ánforas rescatadas de un naufragio anterior al mismísimo Cristo hasta huérfanas lámparas sin genio o katanas de aguerridos samuráis. En el centro de la habitación, un baúl recamado de barroca piel repujada y remaches herrumbrosos recibía el lánguido haz de luz de la lámpara polvorienta. De una de las paredes colgaba un gran mapamundi de varios siglos de antigüedad, adherido a una superficie de madera. De otra, una colorista representación de una inconmensurable galaxia. Jacobo abrió el baúl esperando encontrar una suma incalculable de pequeños cachivaches, pero sólo dos libros que pesaban una tonelada cada uno, una colección de bonitos cuadernos de pastas duras y hojas blancas como la nieve no hollada y una estilográfica dorada lo saludaron desde el fondo. Los cuadernos estaban inmaculados, sin estrenar, y en la portada de uno de los volúmenes leyó: Las más grandes maravillas al alcance de los hombres; el otro rezaba: Seres inolvidables: desde los cazadores prehistóricos de mamuts hasta los alienígenas violetas del planeta Wroclaw.

Tras el primer registro, Jacobo echó un vistazo a su alrededor con más detenimiento. Un aleteo en el mapamundi reclamó su atención. Se acercó hasta que pudo ver, clavado en algún lugar de la Cuenca del Amazonas, un pequeño dardo terminado en una vistosa cola de plumas multicolores. ¿No es ahí donde el abuelo dijo que le habían comenzado las fiebres?, se preguntó. Arrancó el dardo del panel y separándose de la pared, a modo de juego, lo lanzó al azar sobre la imagen plana de nuestro planeta. El dardo silbó en el aire como una exótica ave canora y fue a clavarse en un lugar de la lejana Islandia. Atraído por una fuerza invisible, el chico se aproximó al mapa y leyó el nombre de Arnastapi; luego la mente se le nubló, como presa de un sueño hipnótico o algo parecido. Se vio trasladado a un inhóspito paraje en el que hubo de luchar contra un gigante al que derrotó, después de sustraerle una de las piedras que conformaban la pétrea anatomía de sus extremidades inferiores. El gigante cayó de bruces al suelo, convertido de inmediato en un amasijo de pedruscos informes. Tras la derrota del enemigo regresó la conciencia. El muchacho dio un respingo, como si fuera a ser aplastado por una mole rocosa y fue a dar con su cuerpo junto al baúl. Tomó el primer libro y buscó Arnastapi. Después abrió un cuaderno por la primera hoja y escribió: Hoy he viajado a Arnastapi. Los acantilados rebosaban de gaviotas que han volado hacia mí con su batir de alas y su poseso piar. Detrás de ellas apareció la estatua viviente del semidiós vikingo Bárður Snæfellsás, protector del glaciar Snæfellsjökull. Utilicé mi ingenio para acabar con su amenaza. Me siento más vivo y feliz que nunca, como si hubiera madurado años en unos minutos.

Sus padres y la abuela lo esperaban al pie de la escalera cuando bajó. ¿Qué tal te ha ido?, preguntó el padre. ¿Has encontrado algo que te resulte agradable, cariño?, se interesó la madre. ¿Has sentido el espíritu del abuelo en esas cuatro paredes?, preguntó la abuela. Jacobo respondió: Bien, muchas cosas y sí, creo que sí, abuela, y se retiró a su cuarto. Quería llamar por teléfono a Marta para preguntarle por el examen del próximo jueves. Quedaron para estudiar el día de antes.

Marta era una compañera de clase por la que se sentía especialmente atraído. Se conocían desde niños. El miércoles por la tarde, aprovechando la ausencia de sus padres y la abuela, que andaban todavía de papeleos y notaría, la invitó a subir al desván. En la mesa de su habitación olvidaron en un ordenado caos los ejercicios de análisis morfosintácticos y los libros abiertos por las páginas correspondientes a los diferentes complementos del verbo.

¡Qué lugar más raro!, dijo la muchacha nada más entrar. ¡Y qué olor! Jacobo le enseñó los libros y lo que había escrito ya en el primer cuaderno. Luego, tomándola de la mano, le pidió que lanzara el dardo a cualquiera de las paredes. Ella pensó que se trataba de un juego tonto y él tuvo que insistir. Finalmente, accedió tirando el dardo de mala gana sobre aquélla en la que se encontraba la galaxia. Una súbita somnolencia se apoderó de su cuerpo. Se desmayó en los brazos de Jacobo. Al instante, como si regresara de un larguísimo viaje, Marta abrió los ojos. Rebosaban de asombro y felicidad. Con la cabeza recostada en su regazo le contó su aventura al amigo. Había viajado a un planeta piramidal gobernado por un tirano al que con ayuda de los seres trimétricos que lo habitaban consiguió derrocar. ¿Ha sido real o sólo una ilusión?, preguntó. No lo sé, respondió Jacobo justo antes de besarla. La deseaba con locura. Le desabrochó la camisa y el sujetador y acarició sus pechos tiernos a la manera artesanal en que un panadero amasa el pan para hornearlo. Y si no pasó a mayores no fue por falta de ganas, sino porque el río detenido tras la tela del pantalón se le derramó sin que viera el mar.

Cuando Marta se marchó, él regresó al desván y escribió en otro cuaderno distinto: Marta ha viajado hoy por primera vez a una lejana galaxia. En el planeta Polidros, como una heroína de tebeo, ha librado a los aborígenes trimétricos, con tres extremidades, tres ojos, tres orejas… de la tiranía de Zakarus, un sátrapa que los esclavizaba en las minas de papironita, el mineral más preciado de su planeta.

En el examen de Lengua, Marta sacó un nueve y Jacobo un ocho por culpa de unos complicados complementos predicativos. En los de Geografía, Historia y Ciencias, sin embargo, sus notas, a partir de ese día, no bajaron nunca del diez.

Los chicos se hicieron mayores al tiempo que compartían viajes y algo más en el desván que el abuelo le legara a Jacobo. Cada uno de ellos, bien en solitario, bien juntos, quedó convenientemente registrado en aquellos cuadernos impolutos que se poblaron de relatos maravillosos cuyos protagonistas siempre eran ellos. Lo mismo sufrían los rigores térmicos de una pequeña aventura en el desierto de Atacama, enfrentados a una dotación experimental de la NASA, que corrían mil y un peligros en las volcánicas regiones de un astro llamado Amok; igual se las veían con cazadores furtivos y bestias salvajes en el vergel del Serengeti que con belicosos extraterrestres en las temibles guerras entre Xion y Quar.

Jacobo acabó convertido en profesor universitario, doctor y catedrático de Geografía e Historia, y Marta, que se decantó por estudiar Filología Románica y todo tipo de lenguas extranjeras -cuantas más mejor-, terminó trabajando de traductora simultánea en cuantos simposios internacionales se celebraban en la ciudad.

La abuela murió como suelen morir muchos ancianos, replegada en su propio cuerpo, arrugada como uva pasa, con la cabeza perdida y llamando en sus últimas horas al abuelo, al que se refirió como su amado, el único que sabía cómo hacerla feliz con sus cuentos. Tuvo una ceremonia menos exótica. Ni dóciles caballos, ni alguaciles, ni banda de música la acompañaron a la tumba. Gastos inútiles, alegaron los padres.

Ellos, después de que Jacobo decidiera casarse con Marta, le cedieron la vivienda. Aquel caserón era demasiado para dos viejos. Se compraron a precio de oro un pisito de dos dormitorios en el centro y se instalaron en él sin que mostraran, ni siquiera antes de irse, el más mínimo interés por los mundos que cada día visitaban su hijo y su nuera, y por las vidas intensas que vivían entre sus cuatro paredes.

No puede decirse que Jacobo y Marta no aplaudieran aquella decisión. Al fin estarían solos, sin que nadie les molestara, y se podrían entregar cuando quisieran a aquel vicio viajero. Pero a diferencia del abuelo, que supo compaginar con generosidad y equilibrio ambos mundos, a ellos los fue devorando un lento egoísmo y un afán desmesurado de conquista, de acción y recreación.

Al principio controlaban el tiempo empleado en aquellas aventuras; luego, poco a poco, buscaron mil y una excusas en sus respectivos trabajos para pasar cuanto más horas mejor en el desván.

Aunque a veces echaban de menos tener una familia al completo, alguien a quien algún día dejar en herencia el desván de las maravillas, se negaron los hijos para evitar interferencias. Hasta las esporádicas visitas de sus padres, que se fueron suspendiendo con el tiempo, les resultaban tediosas y molestas. Los padres de Jacobo murieron sin que el hombre que era ya sintiera la más mínima pena.

Sus vidas transcurrieron en un continuo peregrinar por todos los mundos conocidos y los que aún no lo eran. Los cuadernos rebosaban de mil y un relatos narrados al amparo de la memoria más inmediata. De cuando en cuando, a Marta y Jacobo les gustaba sentarse tranquilamente en sus tronos artúricos y leerse en voz alta historias antiguas que recreaban con el jovial entusiasmo de unos chiquillos con juguetes nuevos.

Pero como todo tiene su fin, y en aquellos universos del desván no había lugar para la eternidad, un accidente fortuito acabó con la vida de Marta sin que Jacobo pudiera hacer nada por salvarla. En cierta ocasión, el dardo de ella se clavó en la antigua Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates. En uno de los barrios más conflictivos de una devastada Bagdad, la posguerra era una intermitente contienda entre fuerzas dispares. La buena fortuna, que tanto les había sonreído en todos aquellos años, les abandonó. A Marta, una bala perdida le abrió el pecho en dos. Murió en brazos de Jacobo en el desván. Con lágrimas en los ojos, todavía con su cuerpo caliente abrazado escribió en el último cuaderno de ella: Hoy ha muerto Marta. Embarcada en un proyecto internacional de ayuda a la reconstrucción de un país destruido por las bombas, fue alcanzada por un proyectil del llamado fuego amigo. Su corazón, que era todo amor, ha quedado destrozado. Mi insustituible compañera de viaje se ha ido para siempre y yo me siento huérfano, vacío. Nunca pensé que esto pudiera suceder. Nos creíamos invencibles,  inmortales.

Jacobo continuó con su dardo y sus peripecias vitales en aquellos otros mundos. Sin embargo, el entusiasmo casi juvenil de antaño se trocó en una especie de vertiginosa huida hacia delante, como si quisiera reencontrarse pronto con Marta allí donde estuviera. Tardó más de lo deseado, pero al fin encontró lo que buscaba. Y fue en el planeta Pritch, donde un virus que había mermado la población de alienígenas redondos y livianos como pompas de jabón, se le coló en su organismo y lo fue royendo por dentro, dejándolo sin defensas, apagándolo y muriéndolo lentamente, como cirio en procesión.

De vuelta en el desván, y con la certeza de que su fin estaba demasiado cerca, tuvo tiempo todavía de dejar por escrito noticia de su última aventura. Pritch está a millones de años luz de la Tierra. Sus habitantes son de un azulado traslúcido y flotan felices en su atmósfera. Al verme aparecer, asombrados por mi extraña apariencia, me han elevado a una categoría divina. Creen que soy la respuesta a sus plegarias. Se mueren. Un virus de origen desconocido está acabando con ellos. Me pidieron ayuda y yo traté de dársela con nulos resultados. Ahora yo también he contraído la enfermedad y me muero en este desván de las maravillas que mi abuelo me legó siendo un muchacho. Como no existen herederos, concedo a la divina providencia o a quien leyera estas palabras la potestad para continuar nuestras aventuras. No me arrepiento de nada. A mi manera, he sido muy feliz. Marta me espera. Adiós.

Alertados por los compañeros de trabajo, a los que no respondían al teléfono, y por los vecinos, que no los veían entrar o salir, las fuerzas del orden violentaron la cerradura, entraron en la casa y la registraron hasta dar con el desván. Allí hallaron los cuerpos en descomposición de un hombre y una mujer de unos cincuenta años.

Después de echar un vistazo, calibrar el valor de las piezas que en él había, hojear los libros y confiscar los cuadernos en los que habían quedado registrados todos los viajes de Jacobo y Marta, el inspector Tamayo, por mera curiosidad, se acercó a una de las paredes y vio el dardo clavado en algún lugar de un lejano astro. Como movido por una fuerza invisible a la que no se pudo negar, lo arrancó del panel, se retiró y lo arrojó con fuerza al tablero. De inmediato cayó en un profundo sueño hipnótico del que regresó unos segundos después, zarandeado por uno de sus subordinados al grito de ¿Se encuentra bien, jefe? ¿Le ocurre algo? El inspector Tamayo negó, aturdido todavía, con la cabeza. Sopesaba si sería buena idea o no contarle a sus hombres que había liberado a una especie de ninfa submarina de un monstruo tricéfalo que pretendía comérsela. A cambio, se limitó a decir No toquéis nada y averiguad a nombre de quién está la casa y quiénes son sus herederos.

En su libreta de anotaciones escribió desde un rincón del desván de las maravillas: Estamos ante un caso extraño. Hemos encontrado a un hombre y a una mujer muertos en el desván de su casa, rodeados de antigüedades y objetos curiosos. He lanzado un dardo a un gran cuadro del espacio y me he teletransportado a un país de ninfas, sirenas, centauros, grifos y monstruos mitológicos. Uno de ellos, una especie de gigante cancerbero, quería devorar a una chiquilla a la que tenía presa en sus garras. De tres certeros disparos he acabado con su vida. La ninfa me ha besado antes de arrojarse a un lago profundo en el que ha desaparecido. Jamás he sentido semejante felicidad. Hay otras vidas además de la anodina vida que llevo y están aquí, al alcance de mi mano.

Mientras impartía las últimas órdenes a sus subordinados, por su cabeza cruzó como un rayo la idea de que debía comprar aquella casa al precio que fuera.

fin

Y, para acabar, algo sobre el autor de este relato:

FERNANDO MOLERO CAMPOS es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de CÓRDOBA y Diplomado en Ciencias de la Educación. Trabajó como maestro y en la actualidad viene desempeñando las tareas de profesor de Secundaria y Bachillerato en el IES Luis de Góngora de Córdoba. También es escritor de novelas y relatos, colaborador en el Diario Córdoba, donde ha publicado críticas de cine, y guionista y locutor de programas de radio. Junto con la literatura, su otra pasión es el cine.

Ha publicado, hasta el momento, En la playa (Relatos sencillos para leer tumbados en la arena), editado por el Ayuntamiento de Fernán-Núñez (2006), y ¿Quién se esconde detrás de Nosferatu?, novela corta editada por Detorres Editores (2007). En breve aparecerá una nueva colección de relatos y su novela La cabeza cortada de Kimitake Hiraoka, en la editorial Berenice.

Ha sido galardonado con numerosos premios, entre los que destacan el Primer Premio en el VIII Concurso Internacional de Relato Corto “Elena Soriano”, el Primer Premio en el III Concurso de Relato Breve del Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba, el Primer Premio en el XX Premio “Clarín” de Cuentos 2007, y el Primer Premio en el X Certamen de Relato Breve “Villa de Colindres”.

Sus trabajados relatos, de temas muy variados y originales, siempre sorprenden al lector con finales inesperados y muy sugerentes. En ellos se aprecia la influencia del cine, tanto en temas como en estructuras narrativas.


II MARATÓN DE LECTURA. PRIMER relato

RELATO NÚMERO 1

FECHA PARA LA APARICIÓN DE LAS PREGUNTAS: 18 DE NOVIEMBRE, JUEVES, A LAS CINCO DE LA TARDE

Ignacio Aldecoa

UN CUENTO DE REYES

El ojo del negro es el objetivo de una máquina fotográfica. El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados. El negro Omicrón Rodríguez silba por la calle, hace el visaje de retratar a una pareja, siente un pinchazo doloroso en el estómago. Veintisiete horas y media sin comer; doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar; la mayoría de las de su vida, silbando.

Omicrón vivía en Almería y subió, con el calor del verano pasado, hasta Madrid. Subió con el termómetro. Omicrón toma, cuando tiene dinero, café con leche muy oscuro en los bares de la Puerta del Sol; y copas de anís vertidas en vasos mediados de agua, en las tabernas de Vallecas, donde todos le conocen. Duerme, huésped, en una casita de Vallecas, porque a Vallecas llega antes que a cualquier otro barrio la noche. Y por la mañana, muy temprano, cuando el sol sale, da en su ventana un rayo tibio que rebota y penetra hasta su cama, hasta su almohada. Omicrón saca una mano de entre las sábanas y la calienta en el rayo de sol, junto a su nariz de boxeador principiante, chata, pero no muy deforme.

Omicrón Rodríguez no tiene abrigo, no tiene gabardina, no tiene otra cosa que un traje claro y una bufanda verde como un lagarto, en la que se envuelve el cuello cuando, a cuerpo limpio, tirita por las calles. A las once de la mañana se esponja, como una mosca gigante, en la acera donde el sol pasea sólo por un lado, calentando a la gente sin abrigo y sin gabardina que no se puede quedar en casa, porque no hay calefacción y vive de vender periódicos, tabaco rubio, lotería, hilos de nylon para collares, juguetes de goma y de hacer fotografías a los forasteros.

Omicrón habla andaluza y onomatopéyicamente. Es feo, muy feo, feísimo, casi horroroso. Y es bueno, muy bueno; por eso aguanta todo lo que le dicen las mujeres de la boca del Metro, compañeras de fatigas.

—Satanás, muerto de hambre, ¿por qué no te enchulas con la Rabona?

—No me llames Satanás, mi nombre es Omicrón.

—¡Bonito nombre! Eso no es cristiano. ¿Quién te lo puso, Satanás?

—Mi señor padre.

—Pues vaya humor. ¿Y era negro tu padre?

Omicrón miraba a la preguntante casi con dulzura:

—Por lo visto.

De la pequeña industria fotográfica, si las cosas iban bien, sacaba Omicrón el dinero para sustentarse. Le llevaban veintitrés duros por la habitación alquilada en la casita de Vallecas. Comía en restaurantes baratos platos de lentejas y menestras extrañas. Pero días tuvo en que se alimentó con una naranja, enorme, eso sí, pero con una sola naranja. Y otros en que no se alimentó.

Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar, son muchas horas hasta para Omicrón. El escorpión le pica una y otra vez en el estómago y le obliga a contraerse. La vendedora de lotería le pregunta:

—¿Qué, bailas?

—No, no bailo.

—Pues, chico, ¡quién lo diría!, parece que bailas.

—Es el estómago.

—¿Hambre?

Omicrón se azoró, poniendo los ojos en blanco, y mintió:

—No, una úlcera.

—¡Ah!

__ ¿Y por qué no vas al dispensario a que te miren?

Omicrón Rodríguez se azoró aún más:

—Sí tengo que ir, pero…

—Claro que tienes que ir, eso es muy malo. Yo sé de un señor, que siempre me compraba, que se murió de no cuidarla.

Luego añadió, nostálgica y apesadumbrada:

—Perdí un buen cliente.

Omicrón Rodríguez se acercó a una pareja que caminaba velozmente.

—¿Una foto? ¿Les hago una foto?

La mujer miró al hombre y sonrió:

—¿Qué te parece, Federico?

—Bueno, como tú quieras…

—Es para tener un recuerdo. Sí, háganos una foto.

Omicrón se apartó unos pasos. Le picó el escorpioncito. Por poco le sale movida la fotografía. Le dieron la dirección: Hotel…

La vendedora de lotería le felicitó:

—Vaya, has empezado con suerte, negro.

—Sí, a ver si hoy se hace algo.

—Casilda, ¿tú me puedes prestar un duro?

—Sí, hijo, sí; pero con vuelta.

—Bueno, dámelo y te invito a un café.

—¿Por quién me has tomado? Te lo doy sin invitación.

—No, es que quiero invitarte.

La vendedora de lotería y el fotógrafo fueron hacia la esquina. La volvieron y se metieron en una pequeña cafetería. Cucarachas pequeñas, pardas, corrían por el mármol donde estaba asentada la cafetera exprés.

—Dos con leche.

Les sirvieron. En las manos de Omicrón temblaba el vaso alto, con una cucharilla amarillenta y mucha espuma. Lo bebió a pequeños sorbos. Casilda dijo:

—Esto reconforta, ¿verdad?

—Sí

El «sí» fue largo, suspirado.

Un señor, en el otro extremo del mostrador, les miraba insistentemente. La vendedora de lotería se dio cuenta y se amoscó.

—¿Te has fijado, negro, cómo nos mira aquel tipo? Ni que tuviéramos monos en la jeta. Aunque tú, con eso de ser negro, llames la atención, no es para tanto.

Casilda comenzó a mirar al señor con ojos desafiantes. El señor bajó la cabeza, preguntó cuánto debía por la consumición, pagó y se acercó a Omicrón:

—Perdonen ustedes.

Sacó una tarjeta del bolsillo.

—Me llamo Rogelio Fernández Estremera, estoy encargado del Sindicato del… de organizar algo en las próximas fiestas de Navidad.

_Bueno —carraspeó—, supongo que no se molestará. Yo le daría veinte duros si usted quisiera hacer el Rey negro en la cabalgata de Reyes.

Omicrón se quedó paralizado.

—¿Yo?

—Sí, usted. Usted es negro y nos vendrá muy bien, y si no, tendremos que pintar a uno, y cuando vayan los niños a darle la mano o besarle en el reparto de juguetes se mancharán. ¿Acepta?

Omicrón no reaccionaba. Casilda le dio un codazo:

—Acepta, negro, tonto… Son veinte «chulís» que te vendrán muy bien.

El señor interrumpió:

—Coja la tarjeta. Lo piensa y me va a ver a esta dirección. ¿Qué quieren ustedes tomar?

—Yo, un doble de café con leche —dijo Casilda—, y éste, un sencillo y una copa de anís, que tiene esa costumbre.

El señor pagó las consumiciones y se despidió.

—Adiós, píenselo y venga a verme.

Casilda le hizo una reverencia de despedida.

Orrevuar, caballero. ¿Quiere usted un numerito del próximo sorteo?

—No, muchas gracias, adiós.

Cuando desapareció el señor, Casilda soltó la carcajada.

—Cuando cuente a las compañeras que tú vas a ser Rey se van a partir de risa.

—Bueno, eso de que voy a ser Rey… —dijo Omicrón.

Omicrón Rodríguez apenas se sostenía en el caballo. Iba dando tumbos.

Le dolían las piernas. Casi se mareaba. Las gentes, desde las aceras, sonreían al verle pasar. Algunos padres alzaban a sus niños.

—Mírale bien, es el rey Baltasar.

A Omicrón Rodríguez le llegó la conversación de dos chicos:

—¿Será de verdad negro o será pintado?

Omicrón Rodríguez se molestó. Dudaban por primera vez en su vida si él era blanco o negro, y precisamente cuando iba haciendo de Rey.

La cabalgata avanzaba. Sentía que se le aflojaba el turbante. Al pasar cercano a la boca del Metro, donde se apostaba cotidianamente, volvió la cabeza, no queriendo ver reírse a Casilda y sus compañeras. La Casilda y sus compañeras estaban allí, esperándole; se adentraron en la fila; se pusieron frente a él y, cuando esperaba que iban a soltar la risa, sus risas guasonas, temidas y estridentes, oyó a Casilda decir:

—Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad.

Luego, unos guardias las echaron hacia la acera.

Omicrón Rodríguez se estiró en el caballo y comenzó a silbar tenuemente.

Un niño le llamaba, haciéndole señas con la mano:

—¡Baltasar, Baltasar!

Omicrón Rodríguez inclinó la cabeza solemnemente. Saludó.

—¡Un momento, Baltasar!

Los flashes de los fotógrafos de prensa lo deslumbraron.

FIN

Ignacio Aldecoa es uno de los cuentistas españoles más decisivos e importantes del siglo XX. El componente social que marcó sus narraciones se echa de menos en nuestro tiempo, donde la mayoría de los cuentistas tendemos a la fantasía. Sería un buen momento para el renacimiento del cuento-denuncia social.

Respecto a este relato, está claro que se ha construido a partir del enfrentamiento entre dos mundos contrapuestos: el mundo de las ilusiones (Baltasar, rey) y el de las amargas realidades cotidianas (Omicrón, pequeño, cero a la izquierda). Aldecoa emplea el punto de vista de un narrador omnisciente

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