



























RESPUESTA:
a:
b:
c:
d:
e:
f:
g:
h:
i:
j:

Escucha un cuento de Ana María Matute de su propia voz:




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RESPUESTA:
ESCRITOR A: OBRA NÚMERO
ESCRITOR B: OBRA NÚMERO
ESCRITOR C: OBRA NÚMERO
ESCRITOR D: OBRA NÚMERO
ESCRITOR E: OBRA NÚMERO
ESCRITOR F: OBRA NÚMERO
ESCRITOR G: OBRA NÚMERO
ESCRITOR H: OBRA NÚMERO
ESCRITOR I: OBRA NÚMERO
ESCRITOR J: OBRA NÚMERO





Mario Benedetti














RESPUESTA:
1:
2:
3:

RESPUESTA: AÑADE TRAS EL NÚMERO, LA LETRA DEL NOMBRE DEL PERRO:
1:
2:
3:
4:
5:
6:
7:
8:
9:
10:
11:
12:


fin








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2. ¿Cuántos minutos tardaron los voluntarios cubanos y los bomberos en recoger los destrozos?
a. Menos de 360 minutos. X
b. 360 minutos.
c. Más de 420 minutos.
d. 420 minutos.
3. ¿Dónde se encontró el cadáver de una mujer?


4. ¿Qué forma tenía el anillo que llevaba la mujer fallecida?
5. ¿A quién le recuerda esta mujer al protagonista?
a. A una antigua novia.
b. A una compañera del colegio.
c. A una joven que había conocido 34 años antes de Viena.
d. A su hermana.

6. ¿Quién es Frau Frida?
a. Una artista de circo.
b. Una famosa actriz.
c. Una presentadora de televisión.
d. Una joven que se dedica a soñar.
7. ¿Qué dos escritores hispanoamericanos aparecen en la historia?

8. ¿En qué isla se desarrolla la historia?





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a.
b.
c.
d.
e.
f.
g.
Marzo 1980.
Puedes ver la distribución de una orquesta completa en este juego (pulsa sobre el dibujo):
Puedes dar las respuestas de manera más simple anotando tras las letras mayúsculas siguientes, las minúsculas y los números que les corresponden:
RESPUESTA: Completa añadiendo a cada número la letra que le corresponde:

| A) Tierra húmeda |
| B)Nubes de algodón rosa |
| C) Perfumes orientales |
| D) Niebla |
| E) Madera quemada |
| F) Brisa marina |
| G) Agua salada |
| H) Rescoldos de un fuego a medio apagar
|
Para responder, escribe la letra correspondiente tras el número:
Para responder, completa este cuadro:

Escribe las soluciones anotando la letra correspondiente tras el número:
1.- HIPNOSIS:
2.- NEURASTENIA:
3.- PARANOIA:
4.- HISTERISMO:
5.- DEMENCIA:
6.- ESQUIZOFRENIA:
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1.- No debemos ser egoístas ni olvidarnos de los demás
2.- Una afición es beneficiosa si no se convierte en una obsesión
3.- Lo ideal es dejarlo todo por conseguir lo que uno más desea
4.- Comparte tus aficiones con los demás
Como respuesta, escribe el número correspondiente a la reflexión más adecuada.
Recuerda que las faltas de ortografía restan puntos pero que un buen relato te puede dar tres puntos más.
Envía tus respuestas lo antes posible a: maratonlect@gmail.com
OMICRÓN: con el nº
CASILDA: con el nº

La respuesta es el número de minutos:


a. OMICRÓN HABLA MADRILEÑO Y ES ELEGANTE Y BONDADOSO
b. OMICRÓN ES BUENO Y FEO, Y HABLA ANDALUZ
c. OMICRÓN ES GUAPO Y MALVADO, Y HABLA ANDALUZ
d. OMICRÓN HABLA ESPAÑOL Y ES HORROROSO Y MALO

La respuesta es el número de euros que le cobraban por el alquiler durante el mes de febrero completo.

| 1. HAMBRE | A. ESCORPIÓN |
| 2. NARIZ | B. LAGARTO |
| 3. OJO | C. BAILE |
| 4. CONTRACCIONES DE HAMBRE | D. OBJETIVO DE LA CÁMARA |
| 5. BUFANDA VERDE | E. NARIZ DE BOXEADOR |
RESPUESTAS: COMPLETA CON LA LETRA QUE CORRESPONDA:
| 1. |
|
| 2. |
|
| 3. |
|
| 4. |
|
| 5. |

a. Or vuá
b. Ore guar
c. Au revoir
d. Arre, voy

a. Es un nombre senegalés que significa “el alejado”.
b. Es el nombre de una letra griega que significa “o” pequeña.
c. Es el nombre de un animal africano parecido a un búfalo.
d. Es la marca de una moto italiana de los años cincuenta.

a. En Madrid hay mucho racismo.
b. Aunque lo pases mal, puedes hacerte rico engañando a los demás.
c. Hasta los pobres desgraciados tienen su momento de gloria.
d. No hay nada como un buen desayuno para entrar en calor.


Envía tus respuestas a la dirección escrita en el dibujo de abajo,
INDICANDO NOMBRE, APELLIDOS, CURSO Y GRUPO AL QUE PERTENECES E INSTITUTO:
EL DESVÁNDE LASMARAVILLAS |
de Fernando Molero Campos
fin
Y, para acabar, algo sobre el autor de este relato:
FERNANDO MOLERO CAMPOS
es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de CÓRDOBA y Diplomado en Ciencias de la Educación. Trabajó como maestro y en la actualidad viene desempeñando las tareas de profesor de Secundaria y Bachillerato en el IES Luis de Góngora de Córdoba. También es escritor de novelas y relatos, colaborador en el Diario Córdoba, donde ha publicado críticas de cine, y guionista y locutor de programas de radio. Junto con la literatura, su otra pasión es el cine.
Ha publicado, hasta el momento, En la playa (Relatos sencillos para leer tumbados en la arena), editado por el Ayuntamiento de Fernán-Núñez (2006), y ¿Quién se esconde detrás de Nosferatu?, novela corta editada por Detorres Editores (2007). En breve aparecerá una nueva colección de relatos y su novela La cabeza cortada de Kimitake Hiraoka, en la editorial Berenice.
Ha sido galardonado con numerosos premios, entre los que destacan el Primer Premio en el VIII Concurso Internacional de Relato Corto “Elena Soriano”, el Primer Premio en el III Concurso de Relato Breve del Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba, el Primer Premio en el XX Premio “Clarín” de Cuentos 2007, y el Primer Premio en el X Certamen de Relato Breve “Villa de Colindres”.
Sus trabajados relatos, de temas muy variados y originales, siempre sorprenden al lector con finales inesperados y muy sugerentes. En ellos se aprecia la influencia del cine, tanto en temas como en estructuras narrativas.
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Ignacio Aldecoa
UN CUENTO DE REYES
El ojo del negro es el objetivo de una máquina fotográfica. El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados. El negro Omicrón Rodríguez silba por la calle, hace el visaje de retratar a una pareja, siente un pinchazo doloroso en el estómago. Veintisiete horas y media sin comer; doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar; la mayoría de las de su vida, silbando.
Omicrón vivía en Almería y subió, con el calor del verano pasado, hasta Madrid. Subió con el termómetro. Omicrón toma, cuando tiene dinero, café con leche muy oscuro en los bares de la Puerta del Sol; y copas de anís vertidas en vasos mediados de agua, en las tabernas de Vallecas, donde todos le conocen. Duerme, huésped, en una casita de Vallecas, porque a Vallecas llega antes que a cualquier otro barrio la noche. Y por la mañana, muy temprano, cuando el sol sale, da en su ventana un rayo tibio que rebota y penetra hasta su cama, hasta su almohada. Omicrón saca una mano de entre las sábanas y la calienta en el rayo de sol, junto a su nariz de boxeador principiante, chata, pero no muy deforme.
Omicrón Rodríguez no tiene abrigo, no tiene gabardina, no tiene otra cosa que un traje claro y una bufanda verde como un lagarto, en la que se envuelve el cuello cuando, a cuerpo limpio, tirita por las calles. A las once de la mañana se esponja, como una mosca gigante, en la acera donde el sol pasea sólo por un lado, calentando a la gente sin abrigo y sin gabardina que no se puede quedar en casa, porque no hay calefacción y vive de vender periódicos, tabaco rubio, lotería, hilos de nylon para collares, juguetes de goma y de hacer fotografías a los forasteros.
Omicrón habla andaluza y onomatopéyicamente. Es feo, muy feo, feísimo, casi horroroso. Y es bueno, muy bueno; por eso aguanta todo lo que le dicen las mujeres de la boca del Metro, compañeras de fatigas.
—Satanás, muerto de hambre, ¿por qué no te enchulas con la Rabona?
—No me llames Satanás, mi nombre es Omicrón.
—¡Bonito nombre! Eso no es cristiano. ¿Quién te lo puso, Satanás?
—Mi señor padre.
—Pues vaya humor. ¿Y era negro tu padre?
Omicrón miraba a la preguntante casi con dulzura:
—Por lo visto.
De la pequeña industria fotográfica, si las cosas iban bien, sacaba Omicrón el dinero para sustentarse. Le llevaban veintitrés duros por la habitación alquilada en la casita de Vallecas. Comía en restaurantes baratos platos de lentejas y menestras extrañas. Pero días tuvo en que se alimentó con una naranja, enorme, eso sí, pero con una sola naranja. Y otros en que no se alimentó.
Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar, son muchas horas hasta para Omicrón. El escorpión le pica una y otra vez en el estómago y le obliga a contraerse. La vendedora de lotería le pregunta:
—¿Qué, bailas?
—No, no bailo.
—Pues, chico, ¡quién lo diría!, parece que bailas.
—Es el estómago.
—¿Hambre?
Omicrón se azoró, poniendo los ojos en blanco, y mintió:
—No, una úlcera.
—¡Ah!
__ ¿Y por qué no vas al dispensario a que te miren?
Omicrón Rodríguez se azoró aún más:
—Sí tengo que ir, pero…
—Claro que tienes que ir, eso es muy malo. Yo sé de un señor, que siempre me compraba, que se murió de no cuidarla.
Luego añadió, nostálgica y apesadumbrada:
—Perdí un buen cliente.
Omicrón Rodríguez se acercó a una pareja que caminaba velozmente.
—¿Una foto? ¿Les hago una foto?
La mujer miró al hombre y sonrió:
—¿Qué te parece, Federico?
—Bueno, como tú quieras…
—Es para tener un recuerdo. Sí, háganos una foto.
Omicrón se apartó unos pasos. Le picó el escorpioncito. Por poco le sale movida la fotografía. Le dieron la dirección: Hotel…
La vendedora de lotería le felicitó:
—Vaya, has empezado con suerte, negro.
—Sí, a ver si hoy se hace algo.
—Casilda, ¿tú me puedes prestar un duro?
—Sí, hijo, sí; pero con vuelta.
—Bueno, dámelo y te invito a un café.
—¿Por quién me has tomado? Te lo doy sin invitación.
—No, es que quiero invitarte.
La vendedora de lotería y el fotógrafo fueron hacia la esquina. La volvieron y se metieron en una pequeña cafetería. Cucarachas pequeñas, pardas, corrían por el mármol donde estaba asentada la cafetera exprés.
—Dos con leche.
Les sirvieron. En las manos de Omicrón temblaba el vaso alto, con una cucharilla amarillenta y mucha espuma. Lo bebió a pequeños sorbos. Casilda dijo:
—Esto reconforta, ¿verdad?
—Sí
El «sí» fue largo, suspirado.
Un señor, en el otro extremo del mostrador, les miraba insistentemente. La vendedora de lotería se dio cuenta y se amoscó.
—¿Te has fijado, negro, cómo nos mira aquel tipo? Ni que tuviéramos monos en la jeta. Aunque tú, con eso de ser negro, llames la atención, no es para tanto.
Casilda comenzó a mirar al señor con ojos desafiantes. El señor bajó la cabeza, preguntó cuánto debía por la consumición, pagó y se acercó a Omicrón:
—Perdonen ustedes.
Sacó una tarjeta del bolsillo.
—Me llamo Rogelio Fernández Estremera, estoy encargado del Sindicato del… de organizar algo en las próximas fiestas de Navidad.
_Bueno —carraspeó—, supongo que no se molestará. Yo le daría veinte duros si usted quisiera hacer el Rey negro en la cabalgata de Reyes.
Omicrón se quedó paralizado.
—¿Yo?
—Sí, usted. Usted es negro y nos vendrá muy bien, y si no, tendremos que pintar a uno, y cuando vayan los niños a darle la mano o besarle en el reparto de juguetes se mancharán. ¿Acepta?
Omicrón no reaccionaba. Casilda le dio un codazo:
—Acepta, negro, tonto… Son veinte «chulís» que te vendrán muy bien.
El señor interrumpió:
—Coja la tarjeta. Lo piensa y me va a ver a esta dirección. ¿Qué quieren ustedes tomar?
—Yo, un doble de café con leche —dijo Casilda—, y éste, un sencillo y una copa de anís, que tiene esa costumbre.
El señor pagó las consumiciones y se despidió.
—Adiós, píenselo y venga a verme.
Casilda le hizo una reverencia de despedida.
—Orrevuar, caballero. ¿Quiere usted un numerito del próximo sorteo?
—No, muchas gracias, adiós.
Cuando desapareció el señor, Casilda soltó la carcajada.
—Cuando cuente a las compañeras que tú vas a ser Rey se van a partir de risa.
—Bueno, eso de que voy a ser Rey… —dijo Omicrón.
Omicrón Rodríguez apenas se sostenía en el caballo. Iba dando tumbos.
Le dolían las piernas. Casi se mareaba. Las gentes, desde las aceras, sonreían al verle pasar. Algunos padres alzaban a sus niños.
—Mírale bien, es el rey Baltasar.
A Omicrón Rodríguez le llegó la conversación de dos chicos:
—¿Será de verdad negro o será pintado?
Omicrón Rodríguez se molestó. Dudaban por primera vez en su vida si él era blanco o negro, y precisamente cuando iba haciendo de Rey.
La cabalgata avanzaba. Sentía que se le aflojaba el turbante. Al pasar cercano a la boca del Metro, donde se apostaba cotidianamente, volvió la cabeza, no queriendo ver reírse a Casilda y sus compañeras. La Casilda y sus compañeras estaban allí, esperándole; se adentraron en la fila; se pusieron frente a él y, cuando esperaba que iban a soltar la risa, sus risas guasonas, temidas y estridentes, oyó a Casilda decir:
—Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad.
Luego, unos guardias las echaron hacia la acera.
Omicrón Rodríguez se estiró en el caballo y comenzó a silbar tenuemente.
Un niño le llamaba, haciéndole señas con la mano:
—¡Baltasar, Baltasar!
Omicrón Rodríguez inclinó la cabeza solemnemente. Saludó.
—¡Un momento, Baltasar!
Los flashes de los fotógrafos de prensa lo deslumbraron.
FIN
Ignacio Aldecoa es uno de los cuentistas españoles más decisivos e importantes del siglo XX. El componente social que marcó sus narraciones se echa de menos en nuestro tiempo, donde la mayoría de los cuentistas tendemos a la fantasía. Sería un buen momento para el renacimiento del cuento-denuncia social.
Respecto a este relato, está claro que se ha construido a partir del enfrentamiento entre dos mundos contrapuestos: el mundo de las ilusiones (Baltasar, rey) y el de las amargas realidades cotidianas (Omicrón, pequeño, cero a la izquierda). Aldecoa emplea el punto de vista de un narrador omnisciente